sábado, 9 de agosto de 2014

Al diablo con el diablero

Al diablo con el diablero


La gente se arremolinaba en el mercado como cualquier otro sábado en el barrio de Tepito en un sábado de quincena, donde había muchísima gente como de costumbre. Una diversidad exquisita, llena de personalidades y una variedad de  gente únicos y representativos de la Ciudad de México que hervía en excentricidades y baratijas. De ese universo de personjajes y entre olores de pescado, quesadillas y tacos clamaba el “Chiapas”. La multitud abriéndose como un surco cuando pasaba velozmente con su diablo.
- Son como borregos por no decirles de otra forma ¡Wey! ¡Abusado valedor! - gruñía el Chiapas -  Si no les grito no se mueven.- pensaba.
- ¡A ver ahí les va el diablo! ¡Damita no le vaya a pegar! ¡Qué pasó mi “Pinpón”! ¡A rato nos vemos! – chiflaba, guiñaba y todo presuroso se mezclaba entre la masa, adentrándose en las banquetas llenas de vida y color. Tenía que ir a cierta velocidad y sortear todo tipo de obstáculos, perros, teporochos, familias, en fin. Nadie dijo que sería fácil la vida en la ciudad.
Ese día había llegado un cargamento de fayuca. Estaba choncho. Televisiones, modulares, estéreos para coche, de todo. Tenía que ir del puesto del “Teleras” hasta al lado opuesto. Cruzando casi todo el mercado.
- ¡Qué le voy a hacer! – decía para sus adentros – Así es la chamba pero no me rajo. Si le pego a algún babotas pues ni modo, se tiene que poner al tiro.
Pero el “Chiapas” tenía a sus amigos así que nadie se metía con él. Podía llevar hasta tres televisiones de las más grandes y era el más rápido de todos los que ayudaban.
Ya era más de mediodía, el sol estaba pegando duro y todavía faltaban varios viajes. Llegó a la casa del “Cobra”, el traficante, su amigo. Le compró algo de perico y aspiró el polvillo blanco. Aunque no comía a sus horas no le faltaba la droga. Decía que era para aguantar.

Ya con los ojos bien laqueados y la ansiedad desbordada, retomó su diario transitar y vertiginoso.
Le gustaba su trabajo. No vivía como rey pero ya llevaba un año. Primero empezó ayudando a otros cuates, junto una lanita y se compró su diablo. Era su única posesión y por lo tanto era lo más preciado. Pus como no iba a ser valioso si con ese diablo sacaba comprar para comer y le daba para su vicio.
Allá en su pueblo natal estaba duro. La única fuente de trabajo era ser campesino y no le redituaba en lo más mínimo. Cada vez trabajaba más y ganaba menos. La presión de la familia, el hambre y la desesperación hicieron que emigrara a la ciudad.
Al principio se quedó en estado de shock. La ciudad le parecía imponente. De eternas calles grises con locales y edificios. Demasiada gente, ruido, coches, edificios. Estaba paniqueado. Pero encontró en el barrio de Tepito una seguridad inusual. Los fayuqueros le eran familiares extrañamente. Tal vez porque la mayoría venía también de los estados de la República pero ya eran varias generaciones que vivían en la ciudad. Habían aprendido incluso mejorado las técnicas de sobrevivencia. Y el “Chiapas” era un sobreviviente con muchas ganas de aprender. Ahí en el barrio cada vez se iba relacionando y se iba conectando con los duros de la droga. – “Algún día… - pensaba – sería como el “Cobra” pero en lugar de transportar televisores en su diablo, quería una troca para también ser distribuidor de coca que era lo fuerte en el barrio bravo.

-    ¡Ora ahí les va el diablo! – gritaba entusiasta.

La mañana siguiente, Tepito explotaba en movimiento con sus calles atiborradas como era usual, combinaban con la infinita variedad de productos que se mostraban en modestos puestos. Gente por todos lados, caminando apurados. Menudencias de pollo tiradas en un basurero cerca y las moscas sobrevolando, un vagabundo con una resaca infernal vomitaba en el asfalto. Un policía lo observaba un tanto despreocupado. Había perros olisqueando los puestos de todo tipo de fritangas. El sol brilla en lo alto y el viento estival se filtraba por entre ese laberinto de chucherías y gente ajena pero había algo más ajeno, algo que faltaba en el ambiente. Al perecer solo el tiempo olvidaría aquel muchacho a quien habían asaltado la noche anterior. Fueron mierditas que mando el “El cobra”. Pues la última vez se quiso pasar de listo y se clavó unas grapas. Pensó que no lo había visto pero lo dejó. Tenía que poner de ejemplo y lo toparon esos hojaldras uns horas después que se llevaron unas televisiones. Ya que estaba bien erizo en su casa, todo torcido por la neumonía y los pulmones destrozados. Tosiendo día y noche. No se pudo ni defender. Estaba acostado escupiendo espesas flemas cuando llegaron los vatos y le metieron dos picahielazos en la panza. Ahí acostado. Arrojando borbotones de sangre se quedó el “Chiapas” inerte unos segundos despúes. De tanta mona todavía ni sintió algo pero alcanzó a pensar en su tierra. Ahí donde nunca pasaba nada.

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