sábado, 9 de agosto de 2014

Fuego en las venas

Fuego en las venas

- Esto es un verdadero enigma - sentenció una de las sombras. Los reflectores impedían ver los rostros de las personas que lo interrogaban -  El hombre presume ser inocente –.
Johan sentado, sudoroso y nervioso, gemiría lastimosamente al escuchar esa voz desconocida e impasible del detective que lo interrogaba, gemiría de nuevo y con ojos llorosos, heridos por la luz intensa del foco, comenzó a balbucear desesperado.
     - ¡Vamos, hombre tranquilícese! – Espetaba otra de las sombras.
– Es suficiente por hoy. Aproveche este tiempo para pensar bien y después nos dirá que sucedió, olvídese de tonterías, mi amigo, sólo empeorarán las cosas.
- Escuche –dijo el agente encarándolo- Usted mató a esa mujer y luego incineró su cuerpo para no dejar pistas. ¡Confiese de una vez!- dijo apuntando su dedo al rostro descompuesto del hombre.
Estas últimas palabras fueron suficientes para que el hombre estallara en llanto.
     - Ella... ella sólo desapareció, de acuerdo ¡Desapareció en ese mismo instante! ¡En ese maldito lugar! – se tomaba la cara con ambas manos.
En su interior, una tristeza infinita lo había devorado. Se negaba a creer que su amada Leila hubiera fallecido y peor aún, que fuera acusado injustamente de su muerte. Una muerte trágica y horrenda. ¿O tal vez era cierto lo que había soñado? Donde mujeres atadas, en una época remota eran incineradas mientras reían a carcajadas. De pronto la mujer estaba a su lado. - La mujer acusada de brujería era “purificada” en fuego. – decía la misteriosa mujer. - Fue acusada de practicar brujería.
Johan no podía moverse y no podía hablar. Y la mujer andrajosa que estaba a su lado. Le hablaba al oído.
-Las llamas no le hacen daño, al contrario, es un cosquilleo tan delicioso. – Decía la bruja en sus sueños con un resplandor maligno en los ojos.
Johan despertó del estupor observando el techo de la habitación esperando una respuesta del cielo.

En el cuarto había tres hombres, uno destrozado y un par más inmutables. El humo del cigarrillo de uno de ellos, ascendía lentamente luchando contra la pesadez del ambiente. Se miraron de reojo, sabían que el hombre no hablaría más. Habría que esperar a mañana.

Detrás de una montaña de documentos, el oficial Garret observaba unas fotografías. Después de años de experiencia pudo lograr un temple inigualable para lidiar con la maldad humana.
Con una carrera exitosa como agente investigador. Estaba acostumbrado hasta cierto punto a tolerar asesinos, violadores, ladrones. Su olfato le engañaba pues de alguna forma creía en Johan. Tal vez eran inocentes pero los hechos eran que tenían un cuerpo donde las llamas lo habían reducido a cenizas. Lo que sin duda no tenía sentido y hacía de este caso un enredo era el análisis del forense, que informaba que ella había sido quemada viva pero no se había utilizado ninguna clase de combustible. Y el último en verla fue Johan. Un chico sin antecedentes. Que vivía una vida tranquila y jamás se le vio con ella previo a su muerte. Una investigación extenuante que le robaría también esa noche


Leila era una mujer hermosa, radiante que gustaba de atrapar miradas contoneando su voluptuoso cuerpo. De tez morena, cara angelical y una figura excepcional. Aun siendo de mediana estatura, lo compensaba con un hermoso rostro y una gracia natural que emanaba de ella todo el tiempo. Siendo ejecutiva en una conocida compañía de seguros, vivía una vida más o menos tranquila. Tenía sus compañeras de trabajo que también eran sus amigas con las que convivía en esas noches de vino tinto, música comercial, guapos y exitosos médicos que no se comprometían y siempre en lugares atiborrados de “gente bien”, siempre feliz, muchísimo. Por otra parte, era una mujer sensible. Creía en el amor y tenía la esperanza de encontrarlo algún día.
De todos ellos, era con su mejor amiga y confidente Melissa, con la que más convivía, la cual conocía todos sus secretos. Se podía decir que lo tenía todo y proyectaba plenitud total.


El hombre cree que desea. Más ingenuo aún, cree que merece lo que desea y que debe convertirse en realidad. Un soñador incurable era Johan, quería ser escritor por el placer de serlo. Durante toda su vida se había dedicado a leer los libros que decoraban las cuatro paredes del cuarto de estudio en casa de sus padres. Desde muy pequeño su padre le leía, antes de dormir, cuentos de Edgar Alan Poe, por otra parte su madre optaba por algo más acorde a su infancia y leía benevolente, cuentos de Oscar Wilde, Hans Christian Andersen y muchas historias que se le venían a la mente.
Después de su primer rompimiento amoroso jamás se recuperó. Se ensombrecía cada vez más y se convertía en una persona adusta. Lo único que le alegraba era escribir, sólo que ahora la musa que alguna vez lo acompañó casi paso a paso, desapareció llevándose todo sentido de la vida. Caminaba a la deriva en busca de nuevas y fuertes experiencias que lo llevarían a vivir fuera de la ciudad, para inspirarse a seguir escribiendo, de los sueños, de los paisajes, de la mar mayormente al cuál profesaba un amor que lo deja embelesado queriendo alcanzar ese horizonte. El mar su único y verdadero amor.

Un día tuvo un sueño revelador. En él veía una hermosa mujer que lo llamaba por su nombre al oído, luego se besaban y se procuraban palabras de amor con toda devoción y justo cuando el sentimiento era más dulce e intenso, justo en ese momento lo asaltó un dolor agudo, como si clavarán un alfiler en el tobillo. El dolor iba creciendo hasta el sobresalto. Se paró de inmediato y se dirigió a la cocina por un vaso de leche y luego intentaría sin éxito, conciliar el sueño. Es cuando un destello de inspiración lo asaltaba y daba rienda suelta a su imaginación escribiendo, incluso plasmando su propia visión de una vida ideal e ilusoria donde se apoderan de él seres etéreos y veleidosos que lo rodean y lo llenan de delicadas y vehementes caricias. Esta realidad era a tal punto extasiante, que la magia era el pan de todos los días, el dolor exiliado a la realidad donde también corre impune la vida incoherente e irónica.

Johan era un solitario errante que gustaba recorrer la ciudad en busca de librerías, tiendas de antigüedades y todo aquello que mostrara una historia dentro, inmanente. El centro de la ciudad, era su destino preferido. En sus calles de inmensa rectitud. Se regodeaba en su ajetreo y constante movimiento. De personas, de coches, de música tan ajena a él y a la vez tan propia y en sus tiendas de libros antiguos, llenos de polvo, con el aroma de las páginas que no han sido abiertas en mucho tiempo y sus historias invaluables para aquel que ama la literatura. En una ocasión encontró lo que parecía una bodega, improvisada como librería. Se encontraba la dependiente, una mujer de unos cuarenta, cuarenta y cinco años, y un niño, tal vez su hijo. Lo invitaron amablemente a pasar y escoger lo que más le agradara. Así lo hizo, gozoso de encontrar una verdadera veta de conocimiento donde hurgaría con afición bibliotecaria los montones de polvorientos libros. Conforme más se adentraba en el lugar, más viejos eran los libros, pareciera que en este extraño mundo que, mientras mejor aspecto tengan los libros, mejor se venden. Pero su colorida portada y llamativos dibujos no eran más que muestras de una falsa fachada mercadológica.
Se devanaba en esta clase de pensamientos cuando su mirada se posó en un libro.

Este era de un color rosa chillante. Lo sacó del estante y observó la portada. En ella se mostraban el rostro de un hombre. Sonreía seductoramente. De su cabeza parecían brotar ondas. Como en esas historietas donde el superhéroe emitía ondas de su cerebro para atacar a sus enemigos. Sólo que en este caso enfrente tenía una mujer, vestida como cabaretera y sonreía lascivamente. El título rezaba “Sortilegios de sensualidad” de Boris Strauss, Ocean Books, Irlanda, 1920.  

En los titulares del periódico de esa soleada mañana de Domingo en Concord Valley, aparecía la foto que horas antes sostenía en sus manos el oficial Garret, mostrando el funesto final de la vida de la Srita. Leila Grant. En la foto aparecían sus restos en una escena horripilante, lo único que se salvó del fuego fue una pierna, de la rodilla para abajo como la de un maniquí, lo demás quedó reducido a cenizas. También aparecía la foto de Johan Osmond como principal sospechoso y la versión que dieran las autoridades de un clásico crimen pasional. Se esperaba un juicio rápido y la inyección letal.
El oficial Garret tenía un excelente olfato para criminales y sabía en su interior que Osmond no lo era. Luego de ver la cinta donde negaba ser el asesino una y otra vez decidió ir al apartamento de Osmond. Tenía que encontrar algo que lo condujera a resolver este enigma. Si no prendió fuego deliberadamente a Leila Grant, ¿Cómo es que pudo alcanzar los casi cuatrocientos grados centígrados de calor sin que se incendiara toda la casa?

El siguiente fin de semana Melissa junto con otros compañeros irían a tomar algunas copas y divertirse. Leila iría con ellos y también un amigo de la preparatoria de Melissa que hace mucho tiempo no veía. En ese entonces Melissa creía estar enamorada de él aunque no sucedió nada, ahora eran sólo buenos amigos que ocasionalmente se veían y trataban de pasar un buen rato. La semana pasó sin contratiempos y llegó el anhelado fin de semana. Acordaron verse  en un conocido bar llamado “Red Wine”. Todos estarían ahí, incluso el viejo amigo de Melissa llamado Johan Osmond.

Al llegar a casa, Johan advertiría que el libro que adquirió recientemente en la vieja bodega del centro le causaba más que curiosidad. La mujer que se lo vendió le comentó cosas verdaderamente reveladoras y extrañas. Le hizo pensar en una realidad alterna y sobre personas con la habilidad de entenderla, sacándole mayor provecho. No así Johan que seguía perdiendo la fe. Eventos muy infortunados ensombrecían su pensamiento y en la soledad rumiando esos pensamientos, acabaría por reconocer que le desagradaba la sociedad y agradecía ser escritor para así, vivir en sus aventuras.
Ese día regresó a su viejo departamento, no sin antes comprar una botella de vino. Esperaba tener una velada interesante. Comprar un libro significaba abstraerse totalmente, más si eran libros ligeros, de pocas hojas que contaban historias deliciosas de eventos mágicos. Escritos tan finamente que se dudaba de su veracidad.

El libro contenía cientos de remedios caseros para males inusuales. Como transformar la música en olor, cómo transmutar el ruido de un niño llorando en una bella sinfonía de música clásica, otro más de como pintar el alma con los colores del amanecer. Todo esto con ayuda de hierbas mágicas que se encuentran en inumerables y específicos puntos, tan diversos como bosques, desiertos, montañas e incluso, en los jardines más comúnes.

Contenía instrucciones precisas para la elaboración de pócimas. Algunas se bebían, algunas se aspiraban y otras hacían efecto al untarse en el cuerpo. Otras más potentes hacían efecto con solo rociar un poco en el rostro de la persona.
Su tío tenía una vieja botica y algunas de las plantas que mencionaban le eran muy conocidas. Su mente enciclopédica le permitía recordar vagamente haber visto algunos frascos rotulados con los nombres de hierbas que mencionaba el libro. Especialmente esa planta indispensable para elaborar uun supuesto brebaje para remediar el mar de amores. El escritor explicaba como se podía inducir el acceso de hombre en cualquier mujer, incluso la inmaculada.
Atracción inmediata aún con la mujer más fría. Recordaba haber oído de las hierbas de San Juan (Hypericum perforatum). Su tío comentaba que estas plantas pertenecían al pasado. Sólo se habían guardado unas cuantas y se contaba que eran cuando en la época de Cristo. Los apóstoles en su apoteosis cristiana proyectaban tanta luz, que hasta el camino y las plantas por donde caminaban quedaban bendecidas al instante. Esas plantas fueron guardadas celosamente por algún médico alquimista. Sus semillas se encontraban en lo alto de una montaña a las afueras de la ciudad. Se les debía sembrar en lo más alto, pues necesitaban una cierta clase de ambiente donde el oxígeno es más escaso y siempre alimentarse del aire gélido de las alturas.

Johan resuelto a comprobar sus propias teorías sobre la existencia de la magia, a la vez que consideraba las montañas, después del mar, como las más magníficas muestras de majestuosidad natural. El libro era preciso en cuanto a la preparación de la pócima. Su tío le ayudaría a mezclar las hierbas.
Sería bueno ver al viejo tío Heldon, se dijo a sí mismo, y así, escuchar sus divertidas historias acerca de los lugares extraños a los que tuvo que visitar para recolectar sus exóticas hierbas. Tenía una colección de más de dos mil quinientas hierbas y más de doscientas especies sembradas en su jardín botánico.

Al llegar a su casa no pudo más que experimentar regocijo. Recordar como de niño gustaba de venir a esta estrafalaria casa. Con montones de cosas apiñadas en todos sitios. Gustaba de encontrar bellos dibujos y escritos la mayoría en lenguas extrañas y tinta orgánica.
   - ¡Tío Heldon! – gritó de afuera de la casa.
- ¡Tío Heldon! – gritó de nuevo.
Una figura se asomó por la ventana. El viejo tío Heldon sonrió y le hizo señas para que se acercara a la puerta.
-    ¡Johan! Hijo, que agradable sorpresa. Ven, pasa – dijo el anciano.
-    ¡Tío! ¡Qué gusto! Espero no interrumpir.
Para nada  ¡Mira que no tengo tantas visitas!  Dame tu abrigo y tus guantes. Llamaré a Clotilde para que nos sirva café.
-    Si tío, Gracias. Me leíste la mente – dijo Johan sonriendo.
-¡Déjame darte un abrazo, hombre! Eres la viva imagen de tu padre.
Una criada mulata y regordeta trajo una jarra de café en una bandeja con tazas y recipientes.
Sirve el café hirviendo humeando. En seguida el aroma del café se extiende por la salita. Ambos toman la tasa y dan un trago.
¿Cómo te va hijo? ¿Has ganado ya el premio Nobel o algo así?- bromeo el viejo.- Es de familia. Muchos de nosotros tenemos esa facilidad para ser cada vez más extrovertidos- dice riendo enseñando su dentadura postiza. Tose un poco.
¡Calma tío! ¡Qué gusto de verdad! – dice Johan mirando alrededor - ¡Cuantos buenos recuerdos me trae venir a tu casa!
Claro eres curioso por naturaleza. Un auténtico Osmond. Mira vamos al jardín. El día está muy agradable y tengo que regar mis plantas. Acompáñame. Tengo algo que mostrarte y me dirás ahí en que te puedo ayudar, Johan.

-    Tío, mire me da gusto verlo pero iré al grano. Necesito hierba de San
Juan, para hacer una pócima que leí en un libro. Seguro es una broma pero recuerdo haber escuchado algo de esa hierba. Incluso creo que he visto un frasco y mire:
El hombrecillo encorvado volteó con mirada inquisidora.
-    ¿Hierba de San Juan? ¿De dónde haz sacado tal disparate? – dijo- Mira
no sé de donde sacaste tal idea pero no hay una hierba de San Juan – dijo tajante.
Se borró instantánea la sonrisa de Johan y preguntó. ¡Tío vamos no seas bromista! Mire lo que he encontrado – le dijo mostrándole el libro –
El viejo vio el libro y se quedó estático.
-    ¿De dónde lo sacaste? – lo tomó interesado y con un ligero agotamiento,
como si la situación lo hiciera pensar demasiado, se le observaba abrumado.
Se escucho el timbre del teléfono celular de Johan – Espere tío –dijo Johan y contestó alejándose caminando por los pasillos llenos de diversas plantas y flores. Una pequeña muestra de la flora tan hermosa y tan mágica que abunda en la Naturaleza.
Al estar caminando llegó a una parte de las plantas y se quedó parado. Le llamaban por teléfono. Era Melissa. Decía que se iban a ver algunos amigos del trabajo y que si quería ir a un bar.
Johan iba a contestar que sí cuando se quedó inmóvil. Agudizó su vista, delante suyo estaba la supuesta hierba de San Juan. Su tío estaba al otro lado del jardín así que tomó unas cuantas y arrancándolas de raíz se las llevó a sus bolsillos.
-    ¿Es ahora? – decía Johan – Si vamos un rato-  dijo Melissa – Nos vemos
ahí.
Pasando delate de su tío hizo señas que tenía que irse se despidió de inmediato.
-    Permíteme Mel – dijo Johan. Tío tengo que irme luego vendré a platicar.
Gracias por el café.
El tío devolvió el abrazo
Pero en el ligero frenesí de la abrupta partida los dos hombres se abrazan y se cae el libro de la bolsa del saco de Johan.
El tío recoge el libro.
Se escucha a Melissa en el teléfono.
¡Johnny! ¡Johnny! ¡Diantres!- dijo preocupada Melissa antes de cortar. Ya hablarían después. Pensó para sus adentros, consolándose un poco.
-    Johan tienes que escucharme, el libro que tienes… sabes que no me ando con rodeos…
Las plantas tan estáticas. La naturaleza las ha hecho inamovibles. Pero el ser humano descubrió que algunas plantas entran a tu cuerpo. Ocupándolo como vehículo. Algunas plantas como la hierba que dices, son tan poderosas que se ha prohibido incluso su cultivo. En otras culturas era llamada la planta ígnea. Dicen que es un anti-hechizo contra las brujas. Dicen que al poner la hierba las llamas de fuego obedeciendo el hechizo de la bruja para no hacerle daño sería neutralizado haciendo que la mujer en si sufriera tales dolores por quemaduras que su corazón dejaría de latir.
Puedes matar a alguien con eso, Johan.
-    Si tío descuide tendré cuidado.
-    Bueno hijo un placer
Sonó de nuevo el celular.
Era Melissa
-    Bueno ¿Sí o no? – decía
Johan se quedaría un momento viendo a su tío como si algo fuera a decir pero en lugar de eso dijo al teléfono.
Salgo de inmediato para allá, Mel.
-    Adiós tío
Salió de la casa con una mano en el bolsillo. Sonrió. Las hierbas eran suyas.
Para un escéptico incurable le resultaba divertido. Sabía que al viejo se le chispaba un poco un tornillo. Unas simples hierbas olorosas. Seguro el tío podría curar el insomnio y limpiar riñones con infusiones elaboradas minuciosamente pero nada más.
Dentro del invernadero, el hombrecillo hablaba a sus plantas mientras las rociaba de agua.
-    Se van a portar bien ¿Verdad? – reía nervioso.



El oficial Garret entró al apartamento de la Calle Zoroastro y echó una mirada rápida al lugar, a la entrada del lado izquierdo estaba la cocina, de lado derecho una puerta que daba al cuarto de servicio, donde estaba la lavadora, algunas herramientas, un bote de gasolina y una escalera portátil. Luego había esta pequeña sala donde había un librero, un estéreo, una televisión, algunas mesitas con adornos, fotos, un estante, luego estaba un pequeño pasillo que conducía al baño del lado derecho y el cuarto del lado izquierdo, entró y encontró un escritorio con varios documentos, la computadora personal y pensó encontrar algo más pero no. Se asomó por la ventana que daba a otro edificio. No había nada que indicara que fuera un homicida cruel. Saldría del cuarto cuando sonó su teléfono, era su colega Hudson. Según su compañero,  Johan Osmond finalmente había confesado; sí, la había matado. Mientras hablaba un impulso le empujó a echar un último vistazo al escritorio. Debajo de varios papeles encontró el libro que Johan había comprado recientemente. Leyó el título por demás curioso y a la vez ligeramente inquietante y se dispuso a ir a la comisaría a terminar con este asunto de una vez por todas. Al abrir el libro una foto de Leila se deslizaría. El detective centrando la atención en la foto de Leila. Sostenía el libro en donde explicaba con detalle como la planta ígnea reaccionaba al contacto. Con un solo rocío la mujer se desprendería de todos sus escudos y caería en los brazos del primer hombre con el que hiciera contacto visual. El mismo autor advertía que la planta ígnea como tal reaccionaba con lo más ígneo del cuerpo de la mujer. El corazón. Si el corazón de la mujer es puro. La pureza como tal sería detonante de una situación que podía ser peligrosa y atentaba con la vida. En algunos casos se esperaba la mejor reacción que sería una inmensa calidez que sube por el estómago, de los genitales para arriba y la mujer experimentaría mucha sensualidad, en algunos casos, advertía el libro:
“La planta ígnea se concentrará en sus caderas y con un ligero cosquilleo invitará a su cuerpo huésped a bailar.”



Cuando Johan llegó al bar ya estaban todos. Melissa y su pareja, Leila y los demás. El lugar estaba repleto, el volumen de la música permitía que se escucharan las conversaciones y cada cual tenía una copa con vino tinto, de la cual bebían discretamente. La mayoría eran parejas que animadas platicaban o bailaban y Johan se sintió un poco incómodo y apresurado saludó a Melissa que estaba un poco distante, venía acompañada por tanto no podía ser demasiado efusiva como solía hacerlo como cuando iban al Colegio, entonces se presentó a todos y a lo lejos vio a Leila que bailaba ajena, sonrió a todos. Y se acercó a Leila.
Encontró en Leila una mujer inteligente, totalmente fuera de su alcance pero había algo familiar en ella que le permitía cierta y extraña familiaridad así que le dijo que era hermosa y que estaba seguro de haberla visto antes en algún lugar, a lo que ella sonrió de nuevo agradecida de tan franco acercamiento pero enseguida cambió su semblante, los cumplidos era algo que desayunaba, comía y cenaba. Johan se sintió un poco avergonzado al ver como desaparecía su sonrisa. Iba a retirase pero algo lo detuvo, en ese instante cayó en cuenta de que la mujer con la que había soñado era Leila.
Después de varias botellas de vino tinto se dispusieron a seguir la velada a otro lugar. Al llegar a la casa del novio de una chica que trabajaba en la empresa, ya se escuchaba la música, un jazz alegre y trepidante, constante y energético, combinado con las múltiples voces de conversaciones aisladas, también algunas risas. De repente el ambiente se sentía demasiado escandaloso y sería el alcohol que habría subido a su cabeza pero quería estar a solas con Leila y creía que ella también querría salir del bullicio.
Salieron a la pequeña terraza, llevando un par de tragos. Johan tratando de impresionar trataba de hacer buena conversación y contó su vida a Leila. Utilizando palabras pintorescas, describía lejanos paisajes, bosques húmedos, desiertos exuberantes. También platicó sus deseos de convertirse en escritor y de lo mucho que disfrutaba escribir del amor, de la “sensualidad mística”.
Leila al escuchar esas palabras preguntó que significaba. Johan trató inútilmente de explicarle, así que Leila caminando se quedó en el cuarto y se sentó en el sillón.
Volvieron a la casa y estaban en el cuarto contiguo a la sala, un estudio al parecer, ahí Johan encontró libros y recomendó algunos a Leila, tomó uno y lo empezó a hojear, en ese momento Johan metió la mano a su bolsillo y saco la botella con las hierbas para esparcir la fórmula mágica que había encontrado en el libro.
-    ¿Sabes? – le dijo retador – Tengo un tío que hace perfumes y fragancias


En ese momento Leila cerró el libro, lo miró directamente a los ojos, y él pensó “¡Sí funciona!¡Maldita sea!” entonces Leila iba a decir algo cuando de su abdomen salió una flama azul que ella tomó con sus manos y comenzó a untar ese fuego liquido por todo su cuerpo. Primero los ojos, luego la boca y al último el corazón, este fuego le proporcionaría un baño de pureza mortal y destructivo, regenerador. Lo último que vio de ella fue su sonrisa. Se convirtió en cenizas, una estatua convaleciente y frágil conformada de ceniza que se desplomó enseguida.


En la comisaría los forenses habían determinado que la muerte de la Srita. Leila se debía a un inusual caso de combustión espontánea. No había sido homicidio. Mientras Johan se había vuelto loco. Gritaba que quería morir. De su mente, no se quitaba la imagen de Leila sonriendo mientras las llamas lamían su cuerpo.    

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