sábado, 9 de agosto de 2014

Al diablo con el diablero

Al diablo con el diablero


La gente se arremolinaba en el mercado como cualquier otro sábado en el barrio de Tepito en un sábado de quincena, donde había muchísima gente como de costumbre. Una diversidad exquisita, llena de personalidades y una variedad de  gente únicos y representativos de la Ciudad de México que hervía en excentricidades y baratijas. De ese universo de personjajes y entre olores de pescado, quesadillas y tacos clamaba el “Chiapas”. La multitud abriéndose como un surco cuando pasaba velozmente con su diablo.
- Son como borregos por no decirles de otra forma ¡Wey! ¡Abusado valedor! - gruñía el Chiapas -  Si no les grito no se mueven.- pensaba.
- ¡A ver ahí les va el diablo! ¡Damita no le vaya a pegar! ¡Qué pasó mi “Pinpón”! ¡A rato nos vemos! – chiflaba, guiñaba y todo presuroso se mezclaba entre la masa, adentrándose en las banquetas llenas de vida y color. Tenía que ir a cierta velocidad y sortear todo tipo de obstáculos, perros, teporochos, familias, en fin. Nadie dijo que sería fácil la vida en la ciudad.
Ese día había llegado un cargamento de fayuca. Estaba choncho. Televisiones, modulares, estéreos para coche, de todo. Tenía que ir del puesto del “Teleras” hasta al lado opuesto. Cruzando casi todo el mercado.
- ¡Qué le voy a hacer! – decía para sus adentros – Así es la chamba pero no me rajo. Si le pego a algún babotas pues ni modo, se tiene que poner al tiro.
Pero el “Chiapas” tenía a sus amigos así que nadie se metía con él. Podía llevar hasta tres televisiones de las más grandes y era el más rápido de todos los que ayudaban.
Ya era más de mediodía, el sol estaba pegando duro y todavía faltaban varios viajes. Llegó a la casa del “Cobra”, el traficante, su amigo. Le compró algo de perico y aspiró el polvillo blanco. Aunque no comía a sus horas no le faltaba la droga. Decía que era para aguantar.

Ya con los ojos bien laqueados y la ansiedad desbordada, retomó su diario transitar y vertiginoso.
Le gustaba su trabajo. No vivía como rey pero ya llevaba un año. Primero empezó ayudando a otros cuates, junto una lanita y se compró su diablo. Era su única posesión y por lo tanto era lo más preciado. Pus como no iba a ser valioso si con ese diablo sacaba comprar para comer y le daba para su vicio.
Allá en su pueblo natal estaba duro. La única fuente de trabajo era ser campesino y no le redituaba en lo más mínimo. Cada vez trabajaba más y ganaba menos. La presión de la familia, el hambre y la desesperación hicieron que emigrara a la ciudad.
Al principio se quedó en estado de shock. La ciudad le parecía imponente. De eternas calles grises con locales y edificios. Demasiada gente, ruido, coches, edificios. Estaba paniqueado. Pero encontró en el barrio de Tepito una seguridad inusual. Los fayuqueros le eran familiares extrañamente. Tal vez porque la mayoría venía también de los estados de la República pero ya eran varias generaciones que vivían en la ciudad. Habían aprendido incluso mejorado las técnicas de sobrevivencia. Y el “Chiapas” era un sobreviviente con muchas ganas de aprender. Ahí en el barrio cada vez se iba relacionando y se iba conectando con los duros de la droga. – “Algún día… - pensaba – sería como el “Cobra” pero en lugar de transportar televisores en su diablo, quería una troca para también ser distribuidor de coca que era lo fuerte en el barrio bravo.

-    ¡Ora ahí les va el diablo! – gritaba entusiasta.

La mañana siguiente, Tepito explotaba en movimiento con sus calles atiborradas como era usual, combinaban con la infinita variedad de productos que se mostraban en modestos puestos. Gente por todos lados, caminando apurados. Menudencias de pollo tiradas en un basurero cerca y las moscas sobrevolando, un vagabundo con una resaca infernal vomitaba en el asfalto. Un policía lo observaba un tanto despreocupado. Había perros olisqueando los puestos de todo tipo de fritangas. El sol brilla en lo alto y el viento estival se filtraba por entre ese laberinto de chucherías y gente ajena pero había algo más ajeno, algo que faltaba en el ambiente. Al perecer solo el tiempo olvidaría aquel muchacho a quien habían asaltado la noche anterior. Fueron mierditas que mando el “El cobra”. Pues la última vez se quiso pasar de listo y se clavó unas grapas. Pensó que no lo había visto pero lo dejó. Tenía que poner de ejemplo y lo toparon esos hojaldras uns horas después que se llevaron unas televisiones. Ya que estaba bien erizo en su casa, todo torcido por la neumonía y los pulmones destrozados. Tosiendo día y noche. No se pudo ni defender. Estaba acostado escupiendo espesas flemas cuando llegaron los vatos y le metieron dos picahielazos en la panza. Ahí acostado. Arrojando borbotones de sangre se quedó el “Chiapas” inerte unos segundos despúes. De tanta mona todavía ni sintió algo pero alcanzó a pensar en su tierra. Ahí donde nunca pasaba nada.

Un hogar sin paredes

Un hogar sin paredes


La camioneta de Pedro deja una estela de polvo a su paso por el camino que lleva al pueblo. En la radio se escuchan fragmentos de una canción desconocida y la estática viene y va. Pedro tiene demasiadas ideas. Necesita despejarse un momento. Se orilla y apaga el auto. Desciende del vehículo y echa un vistazo. Para donde se mire, el color verde impera. Entonces lo asaltan recuerdos de su vida pasada. Cuando vivía su padre y casi lo escucha decir:
- Hijo, aquí se cultiva la leyenda, crece la confianza, se comparte la seguridad.
Ahora, tiempo después, sabe que cada hombre escala su propia montaña, conquista su tierra y se llena de satisfacción realizando sus propias hazañas.

Pedro mira al horizonte como si algo le debiera y apurando el paso, asciende a su camioneta. Su familia lo espera, su mujer, Malena debe de estar cocinando, Celso en cambio, libre de preocupaciones se entiende con una rana que encontró por ahí. Al ver a su padre corre y lo abraza.
-     ¡Encontré una ranita!- le dice el niño emocionado- ¿Me la puedo quedar?
Pedro sonríe.
-     Pero claro, solo que a ver si no salta y se esconde y... Celso estalla en risas al sentir las manos de su padre haciéndole cosquillas. Luego lo carga, lo besa y entra a la casa donde su mujer prepara la cena.
-     ¡Mira lo que traes chamaco! Ya te he dicho que no andes ahí en la hierba porque salen bóviras y arañas que te pueden comer vivo – le dice mientras pica jitomate y cebolla, un sartén humea en la estufa.
Celso voltea a ver a su papá, ahora serio le pregunta.
- ¿Verdad que no?
Pedro sacude la cabeza dándole la razón al niño en silencio.
-     Eso huele muy bien – le dice a su mujer.
-     Ya casi está la cena, mejor váyanse a lavar las manos- contesta ella.

Afuera, incontables estrellas anuncian una bella noche, el viento sopla mientras los árboles se estremecen.
Ya sentados en la mesa, Malena sirve de cenar, se sienta y todos rezan en silencio, con las manos juntas.
-     Oye pá, ¿Puedo ir contigo mañana? – pregunta Celso con la boca llena.
  Pedro apura a masticar el bocado.
-     No puedo mañana campeón – le dice alborotando el cabello de Celso – Mañana voy a estar ocupado, vienen de la ciudad unos señores a hablar con nosotros. Mañana no vengo a comer, nos veríamos hasta la noche, flaquita.
-     Suerte Pedro, a ver si ahora si avanzan algo – le contesta Malena.

Todos preparados para dormir; Celso acostado en su cama, con la ranita en el abdomen, Malena preparando la cama y Pedro leyendo unas hojas sueltas.
Afuera empezaron a caer primero unas cuantas gotas de agua aisladas, luego una ligera tempestad sucedió subiendo de intensidad poco a poco.
Celso se asomó a la ventana llamando su atención el sonido de la lluvia torrencial. De pronto, a unos veinte metros de donde está la casa, un árbol, de mediana estatura, comenzó a moverse, primero unos centímetros luego un par de metros hasta quedar estático de nuevo.
El evento hizo que Celso corriera a buscar a sus papás.
-     ¡Má! ¡Un árbol! – apurado le decía para que la acompañara- ¡Está caminando!
-     ¿Quién está caminando? – preguntó Malena.
-     ¡El árbol! – le dice Celso.
-     A ver, vamos – dice Malena extrañada y al parecer le dio curiosidad concluyendo que la lluvia daría a miedo a Celso o algo por el estilo.

Por la ventana, la lluvia distorsionaba la imagen del árbol que se dibujaba difusa, no se movía a lo que Malena dijo:
-     ¿Cuál, Celso? ¡Ay chamaco! Mejor ya vete a dormir.
Celso metió la ranita en una caja y se metió en la cama, Malena lo cubrió con las cobijas y le dio un beso. Le hizo la señal de la cruz y el niño cerró los ojos complacido.

La mañana siguiente nace embebida de agua de lluvia, de aire fresco y limpio, de olor a hierba mojada.
Pedro se sube a su camioneta, se escucha el ruido de motor y luego avanza. Apenas está amaneciendo. El árbol que había visto Celso moverse la noche anterior, brillaba por un efecto que los primeros rayos de sol refractaban en las gotas de lluvia.
Esta vez Pedro llega y se encuentra a todos los campesinos ya esperándolo. Hace frío, se puede ver el vapor saliendo de las bocas de todos cuando hablan o cuando respiran.
-     Buenos días a todos – dice Pedro imprimiéndole un leve ímpetu a su tono de voz.
Los campesinos murmuran regresando el saludo.
-     Buenos días, Pedro – es Rutilio, uno de los amigos y compañeros de trabajo de Pedro, quien le dobla la edad y fue buen amigo su padre.
Hay una cierta tensión en el aire que Pedro trata de disipar.
-     Me da gusto que estén todos, las cosas están por resolverse.
 - Bueno, estábamos platicando y la mera verdá que nos preocupa esta situación – dice Rutilio en plan conciliador aunque es aparente su molestia.
       -  Sí, se han atrasado los pagos, pensé que estábamos de acuerdo en esperar un poco más. Aparte no podemos abandonar la cosecha ahora que vamos por la mitad – contesta Pedro tratando de ser convincente.
       -  No pus sí pero se está corriendo el rumor de que no hay compradores y francamente eso sí que quita el sueño- dice Rutilio.
-     Pues no podemos hacer nada más que esperar, ahora les pido que esperemos una semana más – dice Pedro, mirando fijamente a Rutilio-. Vamos a esperar una semana más.
Rutilio baja la cabeza y la mueve con ligera desaprobación.
-     Bueno pues ya oyeron así que a darle que hay mole de olla.

Mientras, en su casa la tranquilidad es absoluta, sólo se oyen los cantos de algunas aves y el rumor de agua corriendo.
Las constantes lluvias se han concentrado, formando pequeños riachuelos, que en su devenir descubren las raíces de los árboles.
Malena lava y talla ropa en el lavadero; trae un paliacate y un delantal. Celso está en la escuela.

-     A ver niños… ¿Cómo les fue ayer? ¿Qué hicieron? – dice la maestra
Varios niños levantan la mano para hablar, la maestra los señala y uno por uno contestan.
-     ¡Yo atrapé una gallina!
-     ¡Yo anduve en bicicleta por todos lados!
-     ¡Yo junté flores!
-     ¡Yo vi caminar a un árbol!
La maestra volteó a ver Celso:
-     Los árboles no pueden caminar, porque no tienen pies – dice la maestra pacientemente -. ¿Quién le dice porque no pueden caminar los árboles?
Se escucha un “¡Yo, yo, yo!” general.
-     Ya sé que no tienen pies maestra pero yo lo vi clarito – dice Celso.
-     Pues necesitas lentes – dice alguien.
Todos se ríen y la maestra dice:
-     No, no, a ver niños – mientras dibuja un árbol en el pizarrón -. Los árboles tienen unas cosas que se llaman R-A-Í-C-E-S y son muy profundas ya que por ahí comen los árboles absorbiendo los minerales y el agua de la                   tierra. Celso, los árboles no caminan – concluye – a ver, saquen su libro de Ciencias Naturales en la página que nos quedamos.
Se escucha una exclamación de queja general de los niños.
-     Las monocotiledóneas y las dicotiledóneas son la forma como se clasifican...
Celso se queda pensativo.

Ahora la lluvia sorprendió a todos en el campo. Malena levanta la ropa que estaba en los lazos que sirven de tendederos y en eso, se suelta la tromba otra vez. Ya dentro de su casa observa meditabundamente por la ventana del cuarto de Celso.
En ese momento la tierra reblandecida por la corriente espontánea y una inusual postura del árbol, le permiten avanzar erguido. Malena corrobora lo que Celso había comentado la noche anterior. El árbol camina.

Llega Celso empapado.
-     Quítate la ropa y no camines que vas a mojar todo – dice Malena envolviéndolo en una toalla frotando su espalda-   Te vas a bañar, ni modo y después de que hagas tu tarea puedes jugar con tu ranita ¡eh!
La tarde transcurre mientras no cesa de llover.

Ya muy entrada la noche llega Pedro. Malena lo estuvo esperando bordando figuras de frutas y al verlo se alegra de que nada le hubiera sucedido.
-     Hola, amor – dice Malena suavemente, mientras lo besa.
-  Se descompuso el tractor otra vez –le dice Pedro desanimado devolviendo el saludo – Rutilio se quedó conmigo para arreglarlo, estoy tan cansado que ni hambre tengo, vamos a dormirnos, negrita.

Malena piensa decirle lo del árbol pero no quiere entretener a Pedro que se ve apaleado por la jornada de hoy. Mañana será muy tarde ya que el árbol llevado por la corriente que ha crecido, encontrará el cauce del río y desaparecerá, junto con la cosecha de ese año.



Fuego en las venas

Fuego en las venas

- Esto es un verdadero enigma - sentenció una de las sombras. Los reflectores impedían ver los rostros de las personas que lo interrogaban -  El hombre presume ser inocente –.
Johan sentado, sudoroso y nervioso, gemiría lastimosamente al escuchar esa voz desconocida e impasible del detective que lo interrogaba, gemiría de nuevo y con ojos llorosos, heridos por la luz intensa del foco, comenzó a balbucear desesperado.
     - ¡Vamos, hombre tranquilícese! – Espetaba otra de las sombras.
– Es suficiente por hoy. Aproveche este tiempo para pensar bien y después nos dirá que sucedió, olvídese de tonterías, mi amigo, sólo empeorarán las cosas.
- Escuche –dijo el agente encarándolo- Usted mató a esa mujer y luego incineró su cuerpo para no dejar pistas. ¡Confiese de una vez!- dijo apuntando su dedo al rostro descompuesto del hombre.
Estas últimas palabras fueron suficientes para que el hombre estallara en llanto.
     - Ella... ella sólo desapareció, de acuerdo ¡Desapareció en ese mismo instante! ¡En ese maldito lugar! – se tomaba la cara con ambas manos.
En su interior, una tristeza infinita lo había devorado. Se negaba a creer que su amada Leila hubiera fallecido y peor aún, que fuera acusado injustamente de su muerte. Una muerte trágica y horrenda. ¿O tal vez era cierto lo que había soñado? Donde mujeres atadas, en una época remota eran incineradas mientras reían a carcajadas. De pronto la mujer estaba a su lado. - La mujer acusada de brujería era “purificada” en fuego. – decía la misteriosa mujer. - Fue acusada de practicar brujería.
Johan no podía moverse y no podía hablar. Y la mujer andrajosa que estaba a su lado. Le hablaba al oído.
-Las llamas no le hacen daño, al contrario, es un cosquilleo tan delicioso. – Decía la bruja en sus sueños con un resplandor maligno en los ojos.
Johan despertó del estupor observando el techo de la habitación esperando una respuesta del cielo.

En el cuarto había tres hombres, uno destrozado y un par más inmutables. El humo del cigarrillo de uno de ellos, ascendía lentamente luchando contra la pesadez del ambiente. Se miraron de reojo, sabían que el hombre no hablaría más. Habría que esperar a mañana.

Detrás de una montaña de documentos, el oficial Garret observaba unas fotografías. Después de años de experiencia pudo lograr un temple inigualable para lidiar con la maldad humana.
Con una carrera exitosa como agente investigador. Estaba acostumbrado hasta cierto punto a tolerar asesinos, violadores, ladrones. Su olfato le engañaba pues de alguna forma creía en Johan. Tal vez eran inocentes pero los hechos eran que tenían un cuerpo donde las llamas lo habían reducido a cenizas. Lo que sin duda no tenía sentido y hacía de este caso un enredo era el análisis del forense, que informaba que ella había sido quemada viva pero no se había utilizado ninguna clase de combustible. Y el último en verla fue Johan. Un chico sin antecedentes. Que vivía una vida tranquila y jamás se le vio con ella previo a su muerte. Una investigación extenuante que le robaría también esa noche


Leila era una mujer hermosa, radiante que gustaba de atrapar miradas contoneando su voluptuoso cuerpo. De tez morena, cara angelical y una figura excepcional. Aun siendo de mediana estatura, lo compensaba con un hermoso rostro y una gracia natural que emanaba de ella todo el tiempo. Siendo ejecutiva en una conocida compañía de seguros, vivía una vida más o menos tranquila. Tenía sus compañeras de trabajo que también eran sus amigas con las que convivía en esas noches de vino tinto, música comercial, guapos y exitosos médicos que no se comprometían y siempre en lugares atiborrados de “gente bien”, siempre feliz, muchísimo. Por otra parte, era una mujer sensible. Creía en el amor y tenía la esperanza de encontrarlo algún día.
De todos ellos, era con su mejor amiga y confidente Melissa, con la que más convivía, la cual conocía todos sus secretos. Se podía decir que lo tenía todo y proyectaba plenitud total.


El hombre cree que desea. Más ingenuo aún, cree que merece lo que desea y que debe convertirse en realidad. Un soñador incurable era Johan, quería ser escritor por el placer de serlo. Durante toda su vida se había dedicado a leer los libros que decoraban las cuatro paredes del cuarto de estudio en casa de sus padres. Desde muy pequeño su padre le leía, antes de dormir, cuentos de Edgar Alan Poe, por otra parte su madre optaba por algo más acorde a su infancia y leía benevolente, cuentos de Oscar Wilde, Hans Christian Andersen y muchas historias que se le venían a la mente.
Después de su primer rompimiento amoroso jamás se recuperó. Se ensombrecía cada vez más y se convertía en una persona adusta. Lo único que le alegraba era escribir, sólo que ahora la musa que alguna vez lo acompañó casi paso a paso, desapareció llevándose todo sentido de la vida. Caminaba a la deriva en busca de nuevas y fuertes experiencias que lo llevarían a vivir fuera de la ciudad, para inspirarse a seguir escribiendo, de los sueños, de los paisajes, de la mar mayormente al cuál profesaba un amor que lo deja embelesado queriendo alcanzar ese horizonte. El mar su único y verdadero amor.

Un día tuvo un sueño revelador. En él veía una hermosa mujer que lo llamaba por su nombre al oído, luego se besaban y se procuraban palabras de amor con toda devoción y justo cuando el sentimiento era más dulce e intenso, justo en ese momento lo asaltó un dolor agudo, como si clavarán un alfiler en el tobillo. El dolor iba creciendo hasta el sobresalto. Se paró de inmediato y se dirigió a la cocina por un vaso de leche y luego intentaría sin éxito, conciliar el sueño. Es cuando un destello de inspiración lo asaltaba y daba rienda suelta a su imaginación escribiendo, incluso plasmando su propia visión de una vida ideal e ilusoria donde se apoderan de él seres etéreos y veleidosos que lo rodean y lo llenan de delicadas y vehementes caricias. Esta realidad era a tal punto extasiante, que la magia era el pan de todos los días, el dolor exiliado a la realidad donde también corre impune la vida incoherente e irónica.

Johan era un solitario errante que gustaba recorrer la ciudad en busca de librerías, tiendas de antigüedades y todo aquello que mostrara una historia dentro, inmanente. El centro de la ciudad, era su destino preferido. En sus calles de inmensa rectitud. Se regodeaba en su ajetreo y constante movimiento. De personas, de coches, de música tan ajena a él y a la vez tan propia y en sus tiendas de libros antiguos, llenos de polvo, con el aroma de las páginas que no han sido abiertas en mucho tiempo y sus historias invaluables para aquel que ama la literatura. En una ocasión encontró lo que parecía una bodega, improvisada como librería. Se encontraba la dependiente, una mujer de unos cuarenta, cuarenta y cinco años, y un niño, tal vez su hijo. Lo invitaron amablemente a pasar y escoger lo que más le agradara. Así lo hizo, gozoso de encontrar una verdadera veta de conocimiento donde hurgaría con afición bibliotecaria los montones de polvorientos libros. Conforme más se adentraba en el lugar, más viejos eran los libros, pareciera que en este extraño mundo que, mientras mejor aspecto tengan los libros, mejor se venden. Pero su colorida portada y llamativos dibujos no eran más que muestras de una falsa fachada mercadológica.
Se devanaba en esta clase de pensamientos cuando su mirada se posó en un libro.

Este era de un color rosa chillante. Lo sacó del estante y observó la portada. En ella se mostraban el rostro de un hombre. Sonreía seductoramente. De su cabeza parecían brotar ondas. Como en esas historietas donde el superhéroe emitía ondas de su cerebro para atacar a sus enemigos. Sólo que en este caso enfrente tenía una mujer, vestida como cabaretera y sonreía lascivamente. El título rezaba “Sortilegios de sensualidad” de Boris Strauss, Ocean Books, Irlanda, 1920.  

En los titulares del periódico de esa soleada mañana de Domingo en Concord Valley, aparecía la foto que horas antes sostenía en sus manos el oficial Garret, mostrando el funesto final de la vida de la Srita. Leila Grant. En la foto aparecían sus restos en una escena horripilante, lo único que se salvó del fuego fue una pierna, de la rodilla para abajo como la de un maniquí, lo demás quedó reducido a cenizas. También aparecía la foto de Johan Osmond como principal sospechoso y la versión que dieran las autoridades de un clásico crimen pasional. Se esperaba un juicio rápido y la inyección letal.
El oficial Garret tenía un excelente olfato para criminales y sabía en su interior que Osmond no lo era. Luego de ver la cinta donde negaba ser el asesino una y otra vez decidió ir al apartamento de Osmond. Tenía que encontrar algo que lo condujera a resolver este enigma. Si no prendió fuego deliberadamente a Leila Grant, ¿Cómo es que pudo alcanzar los casi cuatrocientos grados centígrados de calor sin que se incendiara toda la casa?

El siguiente fin de semana Melissa junto con otros compañeros irían a tomar algunas copas y divertirse. Leila iría con ellos y también un amigo de la preparatoria de Melissa que hace mucho tiempo no veía. En ese entonces Melissa creía estar enamorada de él aunque no sucedió nada, ahora eran sólo buenos amigos que ocasionalmente se veían y trataban de pasar un buen rato. La semana pasó sin contratiempos y llegó el anhelado fin de semana. Acordaron verse  en un conocido bar llamado “Red Wine”. Todos estarían ahí, incluso el viejo amigo de Melissa llamado Johan Osmond.

Al llegar a casa, Johan advertiría que el libro que adquirió recientemente en la vieja bodega del centro le causaba más que curiosidad. La mujer que se lo vendió le comentó cosas verdaderamente reveladoras y extrañas. Le hizo pensar en una realidad alterna y sobre personas con la habilidad de entenderla, sacándole mayor provecho. No así Johan que seguía perdiendo la fe. Eventos muy infortunados ensombrecían su pensamiento y en la soledad rumiando esos pensamientos, acabaría por reconocer que le desagradaba la sociedad y agradecía ser escritor para así, vivir en sus aventuras.
Ese día regresó a su viejo departamento, no sin antes comprar una botella de vino. Esperaba tener una velada interesante. Comprar un libro significaba abstraerse totalmente, más si eran libros ligeros, de pocas hojas que contaban historias deliciosas de eventos mágicos. Escritos tan finamente que se dudaba de su veracidad.

El libro contenía cientos de remedios caseros para males inusuales. Como transformar la música en olor, cómo transmutar el ruido de un niño llorando en una bella sinfonía de música clásica, otro más de como pintar el alma con los colores del amanecer. Todo esto con ayuda de hierbas mágicas que se encuentran en inumerables y específicos puntos, tan diversos como bosques, desiertos, montañas e incluso, en los jardines más comúnes.

Contenía instrucciones precisas para la elaboración de pócimas. Algunas se bebían, algunas se aspiraban y otras hacían efecto al untarse en el cuerpo. Otras más potentes hacían efecto con solo rociar un poco en el rostro de la persona.
Su tío tenía una vieja botica y algunas de las plantas que mencionaban le eran muy conocidas. Su mente enciclopédica le permitía recordar vagamente haber visto algunos frascos rotulados con los nombres de hierbas que mencionaba el libro. Especialmente esa planta indispensable para elaborar uun supuesto brebaje para remediar el mar de amores. El escritor explicaba como se podía inducir el acceso de hombre en cualquier mujer, incluso la inmaculada.
Atracción inmediata aún con la mujer más fría. Recordaba haber oído de las hierbas de San Juan (Hypericum perforatum). Su tío comentaba que estas plantas pertenecían al pasado. Sólo se habían guardado unas cuantas y se contaba que eran cuando en la época de Cristo. Los apóstoles en su apoteosis cristiana proyectaban tanta luz, que hasta el camino y las plantas por donde caminaban quedaban bendecidas al instante. Esas plantas fueron guardadas celosamente por algún médico alquimista. Sus semillas se encontraban en lo alto de una montaña a las afueras de la ciudad. Se les debía sembrar en lo más alto, pues necesitaban una cierta clase de ambiente donde el oxígeno es más escaso y siempre alimentarse del aire gélido de las alturas.

Johan resuelto a comprobar sus propias teorías sobre la existencia de la magia, a la vez que consideraba las montañas, después del mar, como las más magníficas muestras de majestuosidad natural. El libro era preciso en cuanto a la preparación de la pócima. Su tío le ayudaría a mezclar las hierbas.
Sería bueno ver al viejo tío Heldon, se dijo a sí mismo, y así, escuchar sus divertidas historias acerca de los lugares extraños a los que tuvo que visitar para recolectar sus exóticas hierbas. Tenía una colección de más de dos mil quinientas hierbas y más de doscientas especies sembradas en su jardín botánico.

Al llegar a su casa no pudo más que experimentar regocijo. Recordar como de niño gustaba de venir a esta estrafalaria casa. Con montones de cosas apiñadas en todos sitios. Gustaba de encontrar bellos dibujos y escritos la mayoría en lenguas extrañas y tinta orgánica.
   - ¡Tío Heldon! – gritó de afuera de la casa.
- ¡Tío Heldon! – gritó de nuevo.
Una figura se asomó por la ventana. El viejo tío Heldon sonrió y le hizo señas para que se acercara a la puerta.
-    ¡Johan! Hijo, que agradable sorpresa. Ven, pasa – dijo el anciano.
-    ¡Tío! ¡Qué gusto! Espero no interrumpir.
Para nada  ¡Mira que no tengo tantas visitas!  Dame tu abrigo y tus guantes. Llamaré a Clotilde para que nos sirva café.
-    Si tío, Gracias. Me leíste la mente – dijo Johan sonriendo.
-¡Déjame darte un abrazo, hombre! Eres la viva imagen de tu padre.
Una criada mulata y regordeta trajo una jarra de café en una bandeja con tazas y recipientes.
Sirve el café hirviendo humeando. En seguida el aroma del café se extiende por la salita. Ambos toman la tasa y dan un trago.
¿Cómo te va hijo? ¿Has ganado ya el premio Nobel o algo así?- bromeo el viejo.- Es de familia. Muchos de nosotros tenemos esa facilidad para ser cada vez más extrovertidos- dice riendo enseñando su dentadura postiza. Tose un poco.
¡Calma tío! ¡Qué gusto de verdad! – dice Johan mirando alrededor - ¡Cuantos buenos recuerdos me trae venir a tu casa!
Claro eres curioso por naturaleza. Un auténtico Osmond. Mira vamos al jardín. El día está muy agradable y tengo que regar mis plantas. Acompáñame. Tengo algo que mostrarte y me dirás ahí en que te puedo ayudar, Johan.

-    Tío, mire me da gusto verlo pero iré al grano. Necesito hierba de San
Juan, para hacer una pócima que leí en un libro. Seguro es una broma pero recuerdo haber escuchado algo de esa hierba. Incluso creo que he visto un frasco y mire:
El hombrecillo encorvado volteó con mirada inquisidora.
-    ¿Hierba de San Juan? ¿De dónde haz sacado tal disparate? – dijo- Mira
no sé de donde sacaste tal idea pero no hay una hierba de San Juan – dijo tajante.
Se borró instantánea la sonrisa de Johan y preguntó. ¡Tío vamos no seas bromista! Mire lo que he encontrado – le dijo mostrándole el libro –
El viejo vio el libro y se quedó estático.
-    ¿De dónde lo sacaste? – lo tomó interesado y con un ligero agotamiento,
como si la situación lo hiciera pensar demasiado, se le observaba abrumado.
Se escucho el timbre del teléfono celular de Johan – Espere tío –dijo Johan y contestó alejándose caminando por los pasillos llenos de diversas plantas y flores. Una pequeña muestra de la flora tan hermosa y tan mágica que abunda en la Naturaleza.
Al estar caminando llegó a una parte de las plantas y se quedó parado. Le llamaban por teléfono. Era Melissa. Decía que se iban a ver algunos amigos del trabajo y que si quería ir a un bar.
Johan iba a contestar que sí cuando se quedó inmóvil. Agudizó su vista, delante suyo estaba la supuesta hierba de San Juan. Su tío estaba al otro lado del jardín así que tomó unas cuantas y arrancándolas de raíz se las llevó a sus bolsillos.
-    ¿Es ahora? – decía Johan – Si vamos un rato-  dijo Melissa – Nos vemos
ahí.
Pasando delate de su tío hizo señas que tenía que irse se despidió de inmediato.
-    Permíteme Mel – dijo Johan. Tío tengo que irme luego vendré a platicar.
Gracias por el café.
El tío devolvió el abrazo
Pero en el ligero frenesí de la abrupta partida los dos hombres se abrazan y se cae el libro de la bolsa del saco de Johan.
El tío recoge el libro.
Se escucha a Melissa en el teléfono.
¡Johnny! ¡Johnny! ¡Diantres!- dijo preocupada Melissa antes de cortar. Ya hablarían después. Pensó para sus adentros, consolándose un poco.
-    Johan tienes que escucharme, el libro que tienes… sabes que no me ando con rodeos…
Las plantas tan estáticas. La naturaleza las ha hecho inamovibles. Pero el ser humano descubrió que algunas plantas entran a tu cuerpo. Ocupándolo como vehículo. Algunas plantas como la hierba que dices, son tan poderosas que se ha prohibido incluso su cultivo. En otras culturas era llamada la planta ígnea. Dicen que es un anti-hechizo contra las brujas. Dicen que al poner la hierba las llamas de fuego obedeciendo el hechizo de la bruja para no hacerle daño sería neutralizado haciendo que la mujer en si sufriera tales dolores por quemaduras que su corazón dejaría de latir.
Puedes matar a alguien con eso, Johan.
-    Si tío descuide tendré cuidado.
-    Bueno hijo un placer
Sonó de nuevo el celular.
Era Melissa
-    Bueno ¿Sí o no? – decía
Johan se quedaría un momento viendo a su tío como si algo fuera a decir pero en lugar de eso dijo al teléfono.
Salgo de inmediato para allá, Mel.
-    Adiós tío
Salió de la casa con una mano en el bolsillo. Sonrió. Las hierbas eran suyas.
Para un escéptico incurable le resultaba divertido. Sabía que al viejo se le chispaba un poco un tornillo. Unas simples hierbas olorosas. Seguro el tío podría curar el insomnio y limpiar riñones con infusiones elaboradas minuciosamente pero nada más.
Dentro del invernadero, el hombrecillo hablaba a sus plantas mientras las rociaba de agua.
-    Se van a portar bien ¿Verdad? – reía nervioso.



El oficial Garret entró al apartamento de la Calle Zoroastro y echó una mirada rápida al lugar, a la entrada del lado izquierdo estaba la cocina, de lado derecho una puerta que daba al cuarto de servicio, donde estaba la lavadora, algunas herramientas, un bote de gasolina y una escalera portátil. Luego había esta pequeña sala donde había un librero, un estéreo, una televisión, algunas mesitas con adornos, fotos, un estante, luego estaba un pequeño pasillo que conducía al baño del lado derecho y el cuarto del lado izquierdo, entró y encontró un escritorio con varios documentos, la computadora personal y pensó encontrar algo más pero no. Se asomó por la ventana que daba a otro edificio. No había nada que indicara que fuera un homicida cruel. Saldría del cuarto cuando sonó su teléfono, era su colega Hudson. Según su compañero,  Johan Osmond finalmente había confesado; sí, la había matado. Mientras hablaba un impulso le empujó a echar un último vistazo al escritorio. Debajo de varios papeles encontró el libro que Johan había comprado recientemente. Leyó el título por demás curioso y a la vez ligeramente inquietante y se dispuso a ir a la comisaría a terminar con este asunto de una vez por todas. Al abrir el libro una foto de Leila se deslizaría. El detective centrando la atención en la foto de Leila. Sostenía el libro en donde explicaba con detalle como la planta ígnea reaccionaba al contacto. Con un solo rocío la mujer se desprendería de todos sus escudos y caería en los brazos del primer hombre con el que hiciera contacto visual. El mismo autor advertía que la planta ígnea como tal reaccionaba con lo más ígneo del cuerpo de la mujer. El corazón. Si el corazón de la mujer es puro. La pureza como tal sería detonante de una situación que podía ser peligrosa y atentaba con la vida. En algunos casos se esperaba la mejor reacción que sería una inmensa calidez que sube por el estómago, de los genitales para arriba y la mujer experimentaría mucha sensualidad, en algunos casos, advertía el libro:
“La planta ígnea se concentrará en sus caderas y con un ligero cosquilleo invitará a su cuerpo huésped a bailar.”



Cuando Johan llegó al bar ya estaban todos. Melissa y su pareja, Leila y los demás. El lugar estaba repleto, el volumen de la música permitía que se escucharan las conversaciones y cada cual tenía una copa con vino tinto, de la cual bebían discretamente. La mayoría eran parejas que animadas platicaban o bailaban y Johan se sintió un poco incómodo y apresurado saludó a Melissa que estaba un poco distante, venía acompañada por tanto no podía ser demasiado efusiva como solía hacerlo como cuando iban al Colegio, entonces se presentó a todos y a lo lejos vio a Leila que bailaba ajena, sonrió a todos. Y se acercó a Leila.
Encontró en Leila una mujer inteligente, totalmente fuera de su alcance pero había algo familiar en ella que le permitía cierta y extraña familiaridad así que le dijo que era hermosa y que estaba seguro de haberla visto antes en algún lugar, a lo que ella sonrió de nuevo agradecida de tan franco acercamiento pero enseguida cambió su semblante, los cumplidos era algo que desayunaba, comía y cenaba. Johan se sintió un poco avergonzado al ver como desaparecía su sonrisa. Iba a retirase pero algo lo detuvo, en ese instante cayó en cuenta de que la mujer con la que había soñado era Leila.
Después de varias botellas de vino tinto se dispusieron a seguir la velada a otro lugar. Al llegar a la casa del novio de una chica que trabajaba en la empresa, ya se escuchaba la música, un jazz alegre y trepidante, constante y energético, combinado con las múltiples voces de conversaciones aisladas, también algunas risas. De repente el ambiente se sentía demasiado escandaloso y sería el alcohol que habría subido a su cabeza pero quería estar a solas con Leila y creía que ella también querría salir del bullicio.
Salieron a la pequeña terraza, llevando un par de tragos. Johan tratando de impresionar trataba de hacer buena conversación y contó su vida a Leila. Utilizando palabras pintorescas, describía lejanos paisajes, bosques húmedos, desiertos exuberantes. También platicó sus deseos de convertirse en escritor y de lo mucho que disfrutaba escribir del amor, de la “sensualidad mística”.
Leila al escuchar esas palabras preguntó que significaba. Johan trató inútilmente de explicarle, así que Leila caminando se quedó en el cuarto y se sentó en el sillón.
Volvieron a la casa y estaban en el cuarto contiguo a la sala, un estudio al parecer, ahí Johan encontró libros y recomendó algunos a Leila, tomó uno y lo empezó a hojear, en ese momento Johan metió la mano a su bolsillo y saco la botella con las hierbas para esparcir la fórmula mágica que había encontrado en el libro.
-    ¿Sabes? – le dijo retador – Tengo un tío que hace perfumes y fragancias


En ese momento Leila cerró el libro, lo miró directamente a los ojos, y él pensó “¡Sí funciona!¡Maldita sea!” entonces Leila iba a decir algo cuando de su abdomen salió una flama azul que ella tomó con sus manos y comenzó a untar ese fuego liquido por todo su cuerpo. Primero los ojos, luego la boca y al último el corazón, este fuego le proporcionaría un baño de pureza mortal y destructivo, regenerador. Lo último que vio de ella fue su sonrisa. Se convirtió en cenizas, una estatua convaleciente y frágil conformada de ceniza que se desplomó enseguida.


En la comisaría los forenses habían determinado que la muerte de la Srita. Leila se debía a un inusual caso de combustión espontánea. No había sido homicidio. Mientras Johan se había vuelto loco. Gritaba que quería morir. De su mente, no se quitaba la imagen de Leila sonriendo mientras las llamas lamían su cuerpo.    

El principio de la A

El principio de la A




Antes de existir el ser humano y sus ideas, el reino de lo Abstracto estaba presente. Un mundo constituido por otros mundos y así consecutivamente. De las múltiples realidades que aquí coexisten hablaremos del Mundo de las Líneas Infinitas. Concurridas en una especie de éter, están las líneas, siempre apuntando al infinito. Sobra decir lo rectas que son y lo que parecería impensable, si alguna vez una línea invadiera el rumbo de otra. En este agraciado universo están confinados estos elementos, al parecer gráficos, pero si vamos un poco más allá de lo aparente, podremos imaginar un evento curioso.

Una liniecilla acabada de abstraer observa el vasto universo. De inmediato es consciente de su extensión parsimoniosa y de concreción perfecta. Una línea más entre millones de millones, sólo que a esta línea se le otorga un don especial que ocurre cada infinito de infinitos. Dentro de ella, latente, existiría el propósito de hacer las cosas de forma diferente. En un futuro si buscara, sería capaz de cambiar. Ser una forma libre en lugar de una monótona línea recta.

Se dará cuenta tarde o temprano que puede hacerlo. Preguntará, observará y al final, tendrá que tomar una decisión. Adquirir una forma definitiva consistiría en tener la firme convicción de dejar de existir como una larga y firme línea recta con sólo dos alternativas de movimiento: progresivo o retrogresivo. Esa idea de cambiar sería una inquietud persistente.

Un día cualquiera se despertó exaltada, había tenido un sueño raro pero muy significativo donde se convertía en una forma extraña, En su sueño tenía esa sensación de libertad en su forma lineal mientras que parte de ella temblaba de forma deliciosa y de pronto una ligereza la invadía y conocería en sueños lo divertido que podría ser multidireccional, es más, abandonar su aburrida forma lineal y convertirse en una curva, aún mejor en un zigzag. Este fue un sueño recurrente que mantenía a nuestra línea radical meditando y verdaderamente considerando la posibilidad de cambiar. Así lo dictaba su destino. Al saber que podía torcerse tanto como pudiera, entendería que podía hacerlo con el peligro de quebrarse e invariablemente tendría que hacerlo, tendría que transformase pero no podría sola.

La susodicha línea radical había madurado y su grosor era aparente, ahora era una línea determinante con el convencimiento de dejar atrás “linierias” y tomar la rectitud como único camino. Se encontraba desplazándose como siempre, pero llegó un día en que concibió la posibilidad de cambiar, aún no en su máxima expresión claro, convendría con ella misma que si no gozaba del libre movimiento, nadie podría objetarle la velocidad y así lo hizo avanzó lo más rápido que pudiera, primero teniendo el control pero entre más rápido iba menos control tenía, de pronto todo fue vertiginoso y trepidante, todo sucedía tan rápido que en cierto momento sintió como si no se desplazara del todo, se había detenido y ahí suspendida, encontró su extremo primario: Su Principio lineal.

Entre feliz y asustada comprobó que algunos rumores eran ciertos, efectivamente había llegado más lejos que ninguna línea que conociera, tanto así que esto podría ser el principio de algo más grave, así que tuvo que recurrir a los sabios.
Las viejas líneas estaban ahí y le hablaron de que era momento de crear su propio Símbolo. Ahora tenía el control de ya no ser sólo bidireccional. Sería una gran responsabilidad y ciertamente, una tribulación, si no daba con el signo que quería ser por tanto ya no era una línea recta ahora tendría que dejar todo lo que conoció antes y transportarse a otro mundo: El Mundo del Libre Movimiento.

Sería fácil describir este mundo como un caos pero aún así quedaría corta la palabra; por todos lados se observaban raros y extraños seres, unos lineales, otros como puntos, otros eran bastante amorfos. Al escuchar las conversaciones no podía evitar escuchar aquí y allá hablar de la Trascendencia, después viviría su significado. También había signos a medias, combinaciones fallidas entre uno o más elementos que resultaban en seres grotescos y sin ningún significado, seguramente la muerte en vida en este mundo. Otras más divagarían al igual que ella, trazando un camino oblicuo para encontrar con quién fusionarse aunque sólo fuera para crear un efímero garabato.

Se sentía un tanto confundida. Empezó por ejercitar su nueva libertad. Podía doblarse y sabía de antemano que no debía forzarse mucho si no quería acabar siendo un rayón prematuro. Por más que trató no encontró una forma cómoda de existir ni siquiera se acercó a su Símbolo Trascendente.
Casi no tenía contacto con otros signos, arduamente ejercitó el control de sus formas ya dominaba las básicas y estaba empezando con las complicadas. En algún momento logró atrapar la atención de otra línea que también estaba en el camino a la Trascendencia. También tenía el control de su Principio Lineal así que combinaron de muchas formas para lograr fusionarse pero una les pareció la mejor; unirían sus Principios Lineales para por lo menos, pensaban ellas, convertirse en una línea de mayor extensión. Así lo hicieron emocionadas pero nada cambió.

Un día algo extraordinario sucedió, al parecer la unión de los Principios Lineales empezó a debilitarse cada vez más y más hasta que cedió y formaron un ángulo, la Trascendencia estaba cerca, lo habían logrado pero en lugar de elevarse, empezaron a caer dobladas por la mitad, sus Extremos Finales estaban por unirse y esto las convertiría en una línea normal como antes, imposibilitadas de cualquier movimiento caerían en la Monotonía, nadie ha sobrevivido mucho tiempo en esta cárcel así que la sola idea las aterró. Reuniendo todas sus fuerzas y logrando que los extremos no se unieran pidieron ayuda a garabatos, puntos, manchas nadie las escuchaba, entonces en el último momento  llegó una tercera línea, solitaria y vetusta pero firme y gruesa, que había estado observando todo el proceso, se colocó como soporte entre ellas para que no se unieran no pensando en que al final quedarían como la configuración de algo más importante que un signo: El primer elemento del alfabeto convencional, la A.


Durmieron todos


Durmieron todos




Subsistía delirando, flotando en el tiempo, calumniado por sus ilusiones. La soledad se convertía en una suave cinta de seda que rozaría su cuello por las noches asfixiándolo  lentamente interrumpiendo su sueño donde los besos de Susana herían el hielo alojado en sus huesos y este escapara hacia las nubes, evaporándose, agradeciendo al sol su ansiada libertad.
El insomnio aplastante emancipaba la tranquilidad de la mente torcida de Tenorio y en la penumbra de su habitación, las sombras seguían reclamando la posesión de su alma, dividida por la erotomanía que evocaba con frases inequívocas intentando desatar los nudos que se enarbolaban en su interior.
Desde que regreso había enfrentado una situación desesperante, una angustia que se desbordaría como una fuente inagotable de ideas que no le pertenecían ya.
Evitaba toda ocasión social, inundado por armonías, vivía encapsulado, envuelto en una estimulación placentera de sus sentidos. Confundido, perdería el sentido, embriagado, embelesado a medias, con su romanticismo contenido. Tenorio, el artista corrupto seguía en busca de la inspiración encerrada en el cuerpo de Susana y los dos se cimbraban en un lecho tibio, mientras su corazón latía violentamente y después en la calma, el silencio traía consigo el recuerdo del último invierno, cuando la pequeña Juliet había pronunciado esas palabras tan extrañas:
---Quiero un poni, con silla y toda la cosa, quiero que tenga una pata rota ---Tenorio se adjudicó el significado, él era el poni, su rodilla le dolía cada vez más, ¿Era la sugestión o una maldita coincidencia? Después de sentir como la nieve comía sus ojos, hacía la llamada a larga distancia, la llamada desesperada, como todas las que le precedieron, impregnadas de sudor amarillento, como orina que se escurre del niño, al cual olvidaron colocarle un pañal y al sentir la corriente de aire frío colarse por sus extremidades su única reacción es  llorar y orinar, claro en este caso no hubo orina y llanto, hubo lágrimas sí, hubo sudor y sangre y grasa maloliente. La realidad era que estaba solo y desvalido, su cuerpo comenzaba a enfermarse y su alma a envenenarse. Se sentía como un cobarde huyendo a los brazos de Susana mientras que había ganado una batalla a la inercia.

Compró un boleto con la regordeta asistente del gerente. Estaba tan decidido a regresar así como a amar a la chica con la cual se estaba escribiendo de unos meses para acá. Estaba fantaseando con su cama, con los parques cerca de su casa. La comida de su madre, los programas de T.V. en su propio lenguaje. Volverse invisible y mezclarse entre su gente. Amaba su país más que nada
Sin pensar compró el boleto y vendió lo poco que tenía. Una vieja televisión, una computadora portátil casi obsoleta. Guardó algunas ropas en un veliz y lo dejó con su amigo. Sabía que no podía llevar tanto equipaje y guardaba una ingenua esperanza de regresar por su ropa algún día. La gabardina de su padre, el traje que le había comprado su tío, la corbata que le regalara su novia de la prepa.
Días antes de tomar tal resolución, compró una botella de vino. Al parecer se dedicaba a tomar y platicar con las mujeres de su país natal y tratar de sentir esa calidez que se le estaba negando. Ese día apuro la botella y comenzó a platicar con Alexa. Una chica local, joven, curiosa y tolerante. Suficiente para conocer a Tenorio en plena crisis e impulsivo le propuso ir mañana al parque a besarse. Ella accedió.
Al otro día, despertó y vistió las ropas que encontró. Se dirigió a su por demás curiosa cita. Después de meses todavía le sorprendía ver la nieve en los parques. El color era de un blanco tan puro que había veces que quería probar esa nieve. Como si fuera azúcar, caramelo, cristal líquido.
Ni siquiera Alexa, con sus abrazos tímidos y sus besos dulces, en el parque nevado, ni siquiera viviendo un sueño lúcido que a todas luces parecía idóneo para Tenorio, aun así se iría y mandaría todo al carajo. Esa belleza no le pertenecía. Era ajeno a tanta perfección y se sentía sucio, incómodo. Necesitaba del sol o moriría. Supo que tan importante era el sol en su vida hasta que al tocar tierra, el avión que lo llevó de regreso a su país natal, Tenorio encontró un mínimo de paz, al sentir los rayos de ese sol tan anhelado después de su exilio en tierras gélidas y estaba ausente el Astro Rey que despedía ese calor tan gratificante y tan anhelado, entonces sus ojos enjugaron dulces lágrimas de felicidad y cuando su pie posó en el suelo, un escalofrío llegó hasta la espina dorsal. Supo que estaba en casa, indefinidamente.








Elsa es la hija de un famoso químico farmacéutico en Londres, de figura espigada y altiva, caminaba por las calles y los desconocidos le sonreían.
Era médico cirujano y había residido en Madrid por varios años rotando en hospitales. El ritmo de vida fue demasiado vertiginoso, al fin y al cabo se decidió por dedicarse a la investigación en una clínica privada que trataban a pacientes desahuciados. En su mayoría  niños, que a pesar de tener los días contados en esta Tierra, no perdían el brillo de sus ojos y la sonrisa de sus labios era tenue, como la llama de una vela a punto de extinguirse. Elsa tenía un corazón de oro y no reparaba en atenderlos, dándoles medicinas y procurándoles cariño, abrazándolos como lo haría una madre.

Melody era la niña con la que más se identificaba. Contaba con seis años de edad, tenía una inteligencia como pocas. Su acento inglés encantaba a Elsa y platicaban horas, se podría decir que era su mejor amiga.
Perdió el cabello a causa de la quimioterapia y su vanidad quedo destrozada.
--Odio cuando ellos me llaman niño—decía y fruncía el ceño, cruzando sus delgados y pálidos brazos--- ¡Nunca más hablaré con extraños! Sólo contigo, Elsita —decía esto mientras la niña la abrazaba efusivamente.
A pesar de tantos años tratando situaciones difíciles, no podía dejar de sentir un pesar enorme y  reprimía sus lágrimas para explotar en las noches de luna y niebla. Elsa vivía con Marco un español que conoció en Madrid y que le recordaba un poco a su gente.
---¿Pero es que acaso lloras de nuevo, Elsita?---le decía en tono fraterno.
---Disculpa Marco es que ---suspiraba--¿Cuál Dios permite que un niño sufra así?
---Hombre, es que ese Dios que tú dices es sin duda ajeno a las emociones humanas, ya darán con algo, estoy seguro--- decía tratando de consolar a Elsa a quien veía entregarse en cuerpo y alma a socorrer a los pobres niños desvalidos.
---Mira ven tomemos un poco de café eso te reanimará—decía Marco imprimiéndole una ligera alegría a su tono de voz, tratando de contagiar con entusiasmo a su compañera. Sus mimos contenían algo más que una fraterna empatía.
Desde que se conocieron, Marco no pudo resistir los encantos de Elsa, sus ojos cautivadores, su boca de labios finos y esa figura de súper modelo, pero ella estaba consagrada a su clínica y a sus niños, en algún lugar recóndito de su ser reconocía también el gran atractivo de Marco, su sencillez y galanura lo hacían buen partido, pero en fin, después de tomar la mano de Marco esa última noche en Madrid, Elsa besó su mejilla en agradecimiento pero para ella eran suficientes las pláticas ingeniosas y el gusto de ambos por los vinos. Hablar de romance sería inadecuado y además no tenía tiempo. Marco trató de entender su punto de vista profesional y aceptó vivir con ella, haciendo a un lado sus propios sentimientos para no estropear su relación y hasta la fecha lo hacía bien, siendo un renombrado fotógrafo, no le faltaba compañía femenina que Elsa veía con un recelo latente casi imperceptible.


Sonó el despertador, en la habitación de Tenorio que vio por la ventana un cielo alboreado. Estiró la mano, lo apagó y volvió a su posición semi-fetal. Ese día sus hermanas, tomarían un viaje, llevando con ellas la luz del hogar y era menester de hermano llevarlas al aeropuerto. Viajaría con ellas su madre.
---Mamá, ¿Por qué no nos despertaste antes?---dijo Carmina, apresurada.
--Ah ¿Cómo crees? Si desperté a Tania hace media hora, pero no me hizo caso incluso, me disuadió diciendo que el vuelo era más tarde. ---contesto turbada Marie.
---No se nos hace tarde---dijo Tania con la boca llena de espuma por la pasta de dientes.
----aparte no esta tan lejos.
---No, no está lejos pero están haciendo obras, así que yo no sé---dijo Marie.
Carmina fue a la recamara de Tenorio y le dijo suavemente que ya era hora. Tenorio suspiró, contrariado puesto que había conseguido dormir una hora antes. Después de rumiar sus pensamientos pudo soñar con Ema y recordar su figura esbelta envuelta en esencias y mirar sus ojos despidiendo una pasión contenida, un fuego azul, de embrujo. Todavía estaba fresco el néctar venenoso que alguien había bebido parcialmente de esos labios calamitosos y acaramelados y que Tenorio desapercibidamente en su desabrimiento, permitía que entrara por su herida más profunda.
Sus hermanas viajarían lejos pero por experiencia sabía que el tiempo vuela y antes de que se diera cuenta ya estarían de regreso.



Los accesos de vómito de Melody preocupaban a Elsa.
---Quiero que paren---lloraba la niñita con su bata de estrellas y lunas con ojos y boca.
Las arcadas eran muy fuertes y ya había devuelto todo lo que tenía en el estómago. Si no hacía algo podría lastimarse así que después de cerciorarse que ella no estaba viéndola. Le inyectó un potente narcótico que convirtió su llanto incontrolable y sus arcadas, en un sollozo primero, luego  un murmullo y finalmente en respiraciones.
---Enfermera, tengo que salir pero no deje de llamar si algo le sucede a Melody— salió de inmediato con un nudo en la garganta.
Corrió directo al baño. Le embargaba la pena y temía que la vieran las enfermeras y la juzgaran por poco profesional. Nada ni nadie podía quitarle ese dolor e impotencia que sentía al no poder salvar a Melody.
Ni toda la ciencia, ni toda la fe cambiarían el funesto destino de la pequeña.  
De pronto se abrió la puerta del baño y el asistente del Dr. Krauss, Jasper, entró violentamente.
---¡Dra. Méndez! ¡Dra. Méndez! ¿Está por aquí? El Dr. Krauss...las células están reaccionando...tiene que verlo...—dijo excitado.

Elsa seco sus lágrimas, limpió su nariz y salió del W.C. donde estaba refugiada.
---¡Dra. Venga rápido al laboratorio! ¡Las células! ¡Finalmente...!—seguía excitado el asistente y hablando apresuradamente.
---Jasper, ¡Calma! ¿De qué estás hablando?—dijo Elsa con voz ligeramente nasal por la congestión que le había causado el llanto.
--¡Tiene que ver esto! En el laboratorio...las células... ¡Lo logramos!. —dijo el asistente viendo hacia arriba, como si tuviera una epifanía en ese momento. Jasper frenético, saltaba de gusto. La cura para el cáncer era una realidad.

Al llegar a la puerta del laboratorio, usaría las gafas para protección y el traje blanco. Jasper hizo lo mismo y los dos entraron cuando las puertas automáticas se abrieron. Un espeso humo blanco los envolvió en medio de una penumbra, solo los focos violetas estaban prendidos y daban una luz débil.

Al abrirse otra puerta entraron al laboratorio donde el Dr. Krauss observaba por el microscopio, a su alrededor había tubos de ensayo, soluciones, todo el cuarto era impecablemente blanco y en una pantalla se proyectaba la imagen de unas esferas que se contraían, rodeadas por colores salpicados.
---Dra. Méndez es un honor comunicarle que lo hemos logrado. ¡Hemos logrado que las células reaccionen! ¡Mire usted! Las células se están regenerando. Ahora solo hace falta saber cómo despertar a los sujetos de experimentación. Mientras tanto el cáncer tiene una cura. ---dijo el Dr. Krauss con una amplia sonrisa y levantando el pecho como cuando se habla de situaciones heroicas.
Elsa, con el sentimiento a flor de piel debido a Melody, entró a la cámara donde estaban “Frijol” y “Maíz” dos perros de raza indefinida a los cuales se les había inducido el cáncer y yacían inertes por separado. De no ser por sus estómagos que se inflaban y desinflaban se diría que estaban muertos. Sin embargo no lo estaban y en su interior, en su torrente sanguíneo, vertiginoso, viajaba la cura contra el cáncer, que Elsa olvidando el estupor que embargaba los sentidos del Dr. Krauss y de su asistente, solo pensaba en salvar a Melody, le había dado una dosis muy fuerte, había dormido a esa niñita de forma indefinida pero ahora había una esperanza. Lo que sea que despertara a los perros despertaría también a Melody.

----¡Dra. Méndez! ¡Lo logramos! La humanidad esta salvada.—dijo el Dr. Krauss.—bueno en cuanto figuremos como despertarlos.

Ella bajó el rostro y una última lágrima que rodara por la  mejilla de la Dra. Méndez comenzaba a evaporarse. Sonrió y también lloró un poco. Estaba decidida a darle una oportunidad a Melody.

Esa noche no lo pensó más, entraría en el laboratorio, tomaría la muestra que contenía la cura y la inyectaría a Melody. Al día siguiente yacía el cuerpo menudo de la niña del cual salían cualquier clase de tubos y cables conectados a monitores que medían sus señales y Elsa estaba a su lado, leyendo electrocardiogramas y acariciando la frente de la niña. De repente, la aguja del ECG, mandaría lecturas exorbitantes, su corazón latería rápidamente, haciendo sonar alarmas. Era demasiado tarde, la cura no actuaría en su cuerpo minado por el cáncer y la niña exhalaría su último aliento contaminando el aire con un virus malévolo del sueño que progresivamente afectaría a todos menos a Elsa y a Tenorio.






En el trabajo, Tenorio empezaba a observar que sucedían cosas extrañas. Personas que llevaban ahí años empezaban a verse agotados. Cada vez iban menos clientes al restaurante y los nuevos empleados pedían descansos a cada rato. El gerente pronto comenzó a exasperarse y a despedir gente. Se respiraba  un cansancio crónico, inexplicable. La situación llegó a un grado absurdo al ver como en el área de juegos los niños se desplomaban como si les apagaran un interruptor y los padres asustados subían a sus coches y desaparecían.
El siguiente día, camino al trabajo observó a las  innumerables aves que yacían inconscientes en el suelo o caían fulminadas.
Al principio Tenorio pensó en el calentamiento global o la contaminación o una fuga de gas. Al seguir caminando observó varios choques donde los tripulantes apenas si se molestaban en salir del coche. En el primer choque se asustó e intentó ayudar, pero después se daba cuenta que los tripulantes quedaban inconscientes. De repente todo mundo comenzaba a desplomarse como muñecos de trapo.

El pueblo en el que vivía se sumergiría en un denso silencio sepulcral.

Al contrario de lo que pensaría la situación le daba cierta felicidad. Estaba solo y podía hacer lo que quisiera. Al entrar al trabajo lo primero en lo que pensó fue en Scarlet, de grandes senos y ojos verdes seductores, un verdadero portento de mujer. La buscó por todos lados, en el vestíbulo, en la sala de juegos. Recordó que siempre antes de comenzar su turno, se dirigía a los vestidores, atrapando la mirada de los compañeros, contoneando su cuerpo, luciendo sus bellas piernas y blusas escotadas. Vestía como prostituta redimida, utilizando su energía atendiendo a clientes desesperados, evitando a ex novios insatisfechos, ansiosos de perderse de nuevo en esas formas prohibidas, que despedían lujuria en su fase más temprana.
Al entrar a los vestidores observaría a sus compañeras a medio vestir tiradas en el piso. Pudo observar a Tide en bóxers que decían “Cómeme” en la parte frontal, dejando ver un seno blanquecino con la aureola color rosa. Cuerpos semi desnudos y más allá Scarlet.
Se acercó conteniendo su respiración, estaba agitado. Primero se acostó a lado de ella, observando la calma con la que yacía angelical, luego se acercó a su rostro, sintiendo el cálido aire que salía por su nariz y besó sus labios. Un largo beso probando las texturas de su boca, succionando su lengua yerta. Metió una mano por debajo de la blusa y rodeó un seno voluptuoso, levantó su camisa y pudo ver su brassiere color blanco, lo desabrochó por detrás y observó esos senos perfectos y redondos como toronjas, acercó su rostro y se posó entre ellos, oyendo su corazón. Alzó la falda y se deshizo de sus pantalones. Intentó entrar por entre sus labios vaginales estaban cerrados, herméticos, utilizó su boca y su lengua intentando abrirlos y cuando sintió que los músculos estaban más relajados, entró en ellos suavemente, palpaba su pecho, besaba su boca, respiraba en su cabello, tuvo un orgasmo dentro de ella que lo hizo ver destellos. Después dormitó, perdió noción de tiempo y espacio mientras completaba la jornada, poseyendo a todas sus bellas compañeras, suspendidas, sumergidas en un sueño profundo.
Parecía que la tranquilidad tan ansiada era reemplazada por una sensación más dulce y cálida. Ahora entendía que el caos, tenía sentido si este producía placer.






Elsa reconocería su error. Había actuado impulsivamente y se odiaba por ello pero más odiaba a la Naturaleza malsana que le había arrebatado la vida a esa pobre niña indefensa. Ya no tenía lágrimas pero aun así seguía llorando, con espasmos que la doblaban. Había causado una calamidad y se sentía la más sola del mundo. Llamó a su casa esperando oír la suave y ronca voz de Marco. En cambio sonó esa grabación que le pareció ridícula de ambos riendo y pidiendo dejar el mensaje con los datos para comunicarse después.
Caminó con el cuerpo de Melody por las calles desiertas de Londres y observó un paisaje sepulcral. Cuerpos regados por todos lados, televisiones encendidas en las tiendas, cuando parecía que había señales de vida eran sólo la música del radio de algún coche o las maquinas en las fábricas, o las alarmas de los establecimientos donde autobuses habían chocado. No había señal de vida, ella misma quería dejar de existir pero de pronto una idea cruzó su cabeza, si todos estaban dormidos ¿Por qué ella seguía despierta? Y una idea que la conmovió desde adentro e hizo que los quejidos acabaran. Si ella estaba despierta seguro habría alguna o varias personas más. Por un momento la esperanza llenó su corazón. Pero primero tendría que sepultar a Melody y lo haría lo más rápido posible.
Estaba por terminar de cavar el hoyo. Estaba sudorosa y resoplando. De pronto oiría un risa.
-“Melody” – pensó. Afuera no había nadie. La sábana con la cual había cubierto el cadáver de la niña ahora estaba tirado en el piso.
- ¡Melody!- gritó. - ¡Ven, pequeña! –
Había escogido el bosque cerca del lago artificial y ya había empezado a oscurecer. De pronto sintió una angustia profunda. Escucharía como ruidos de un animal comiendo. Separó los matorrales y vería a Melody comiendo lo que parecía un cadáver de algún animal. Elsa casi se desmayaría del susto. Melody o al menos lo que quedaba de ella gritaría espantosamente dejando ver su boca llena de sangre negra coagulada.



Despertaría con los rayos del sol lastimando su cara. Al incorporarse se tomaría la cabeza con una mano. Tenía jaqueca. De pronto todo vino a su mente. Melody o lo que fuera la atacaría. Recordó haber forcejeado con ella. Sintiendo los dientes de Melody casi arrancándole la nariz. Recordaría también haber tomado una piedra y con ella golpear a la niña en la cabeza. Recordaría también haber llorado hasta perder el conocimiento.

Desesperada, correría al laboratorio, despavorida pensaba en lo que acababa de suceder.  
Se dirigió al hospital Santa Rosa que estaba cerca de la clínica y de donde les mandaban pacientes que quisieran una alternativa de tratamiento al recibir las funestas negativas de los diagnósticos finales. Ahí estuvo por más de cuarenta y ocho días utilizando todas sus fuerzas para traer gente, niños, mujeres y hombres y ponerles suero intravenoso, esperando perfeccionar el antídoto para el sueño que habían estado desarrollando. Pero antes tenía que dormir, nunca se había sentido tan desolada. A pesar de estar extenuada hasta casi perder el sentido, el pánico no la dejaba dormir así que tuvo que tomar somníferos, para esto reunió todos los despertadores que había el hospital y los preparó a activarse a las diez de la mañana, eran las cinco de la tarde en ese momento.


Tenorio, observaba televisión en el cuarto de exhibición del centro comercial. Había decidido vivir allí. Vestía una bata de seda de las más caras y bebía champagne directo de la botella. En la pantalla observaba caricaturas de humor ácido y reía a carcajadas, embriagado, de repente besaba a la mujer que tenía a un lado. La mujer parecía una muñeca de trapo.
-¡Vamos mujer! No seas tan aburrida. Dale un trago. – y apuraba un trago
para él y otro para la chica totalmente inconsciente. Se derramaría el líquido haciendo que Tenorio gritara.
-    ¡Hey chica! Si no quieres tomar no la desperdicies. ¡Caray con estas chicas! No saben nada.

Habían pasado dos días desde que todo mundo dormía y a Tenorio le importaba un bledo. Vivía una vida de rey sin que nadie le molestase. Solo veía capítulos grabados de sus series favoritas, bebía, comía y follaba con las distintas mujeres, rubias, morenas, altas, bajas, todas ellas inanimadas.
Terminando el capítulo donde un ser humanoide y de color amarillo, calvo y regordete da de comer donas a su perro. Incorporándose torpemente Tenorio  se dirigió al baño, estaba ebrio y tambaleante, tarareó una canción y después salió, al llegar a la cama la mujer con la cual dormía estaba despierta, con una expresión de terror al verse desnuda en una cama, en un centro comercial y más fue su sorpresa cuando llegó Tenorio extrañado.
Mientras ella contenía un grito de horror y asco al ver a Tenorio desnudo. Comprendió de inmediato que la había violado y posiblemente drogado. Quiso gritar pero de su garganta no salió sonido alguno. Tenorio se acercó y ella en un reflejo tomó el cuchillo que estaba a su lado y lo amenazó. Entonces él tomó la sábana de la cama y la enfrentó. Rápidamente la desarmó y le asestó un golpe que la noqueó. La amordazó.
¡Jesús! – dijo para sus adentros.
Se dio un buen baño para pensar las cosas con más calma y explicaría a la mujer la cuál desconocía, si es que ella lo quería oír, la extraña sucesión de hechos, donde curiosamente ella había acabado golpeada y amordazada. Lo que no sabía era que la había golpeado tan fuerte que quedaría en coma. Al regresar, la mujer estaría babeando sangre con saliva, en un estado deplorable. Tendría que buscar otro lugar donde vivir.





Esa mañana, Elsa, siempre intuitiva, se levantaría con una sensación extraña que la incomodaba. Una de sus virtudes era bloquear sus sentimientos en situaciones difíciles. La muerte de Melody, la soledad, la incertidumbre, toda la desolación causarían estragos en el estado anímico de Elsa, tan acostumbrada a las contingencias. Recordaba las palabras del Dr. Krauss, cuando se refería a que hacer en caso de una epidemia, abordarían todos los aspectos técnicos pero olvidaron los aspectos emocionales. Era devastador, su único impulso de vida estaba enfocado a encontrar a otro ser vivo y empezar de nuevo.
Ese día como lo había hecho los últimos días, se levantaba con la esperanza viva, peleando contra su propia voluntad debilitada. Lloraba todos los días la muerte de Melody y la pérdida de sus seres queridos. Dejando a un lado todo el dolor se concentraba en los pacientes, si así se les podía llamar. Los bañaba, flexionaba sus extremidades, les empezó a leer libros y revistas, empezaba a  sentirse ridícula hablándole a un ser humano en estado vegetal.
Un día soleado, estaba leyendo una novela dramática donde después de una serie de errores conjugados, dos hermanos terminan enamorados ante el horror de su familia, de la misma mujer cuando de repente oyó un ruido en los cuartos contiguos. Se asustó no pensó en la posibilidad de encontrar a alguien vivo y enseguida las dudas la asaltaron, no tenía una arma. Temblorosa, tomó una bandeja de metal, en la que sirven los alimentos y se dirigió a donde se oía ruidos de vasos cayendo, cuando entró, observó al Dr. Krauss intentando levantarse del piso, al parecer, había caído de su cama y al estar inhabilitado por varios días, sus músculos difícilmente le respondían así que estaba imposibilitado para caminar o moverse. Elsa experimentó un alivio parecido a un éxtasis religioso. La epidemia del sueño era temporal, pronto todos despertarían. Esta horrible pesadilla terminaría.
---¡Dr. Krauss! ¡Qué alegría verlo!---la voz quebrada por la emoción de Elsa, rompió el silencio sepulcral.
Lo ayudó a levantarse y a ponerlo de nuevo en la cama. En sus ojos vio confusión y dulzura. 
--¿Qué ha pasado? No logro recordar nada...el laboratorio...las alarmas… ¡Oh Dios mío! Las alarmas de contingencia. ¡Elsa! Tienes que decirme exactamente qué pasó. ---aunque estaba muy débil, la voz del Dr. se escuchó enérgica.
--Doctor, disculpe estoy muy feliz de verlo, después de inyectar la cura a Mel...---El Dr. Krauss se estremeció---En el nombre de Dios ¿Qué has hecho?---
---Doctor la cura funciona y el sueño es un estado temporal. Si ha despertado, solo es cuestión de tiempo para que los demás despierten. Melody murió, la enfermedad estaba demasiado avanzada. Pero usted y los demás estarán bien. – dijo ocultando el suceso donde volvería a la vida como un ser demoniaco.
En el transcurso de la plática, Elsa detectó un aroma extraño emanando del cuerpo del Dr. Krauss, algo parecido al olor que se encierra dentro de un refrigerador descompuesto, dulzón, nauseabundo, lo atribuyó a la falta de higiene, debido a que tenía muchos pacientes en el hospital y tal vez había olvidado darle un baño a su colega.
--Venga Dr. tiene que recuperarse pronto, le prepararé algo de comer y después esperaremos a que despierten todo mundo.----la voz de Elsa se oía animada.

De pronto el Dr. Krauss sacudió su brazo, Elsa lo miró extrañada y trató de acercarse pero la mirada del Dr. hizo que ella retrocediera, el olor dulzón ahora era parecido al excremento, contuvo las ganas de vomitar.
---Elsita---la voz cavernosa del Dr. hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Elsa---no me siento bien.
---Ven, por favor, abrázame---Elsa no podía hablar, las náuseas eran cada vez más fuertes, dado que no había alimento en su estómago, las arcadas le producían dolor, se alejó. Pero una mano la apretó del brazo como una pinza.
---Elsita le estoy hablando-la voz cavernosa y el olor nauseabundo petrificaron de horror a Elsa que forcejeó y se logró soltar, se tropezó y observó que el Dr. Krauss vomitaba algo asqueroso y negro, parecido a las aguas de alguna cloaca.
---En serio no me siento bien---dijo el Dr. Krauss escupiendo en la cara de Elsa.---La llevaré a un lugar muy hermoso---diciendo, esto intentó estrangularla, Elsa tomó la bandeja de metal que estaba cerca y con ella le asestó varios golpes en la cabeza que se sentía extrañamente como una calabaza. Explotó, lanzando fragmentos de materia oscura por todos lados, el cuerpo sin cabeza del Dr. Krauss seguía moviéndose y las manos estaban asidas a su cuello. De pronto todo se volvió oscuro y perdería el conocimiento.


Tenorio había decido vivir en un pent-house. Los cuerpos en las calles empezarían a descomponerse y expeler un ambiente irrespirable así que en el último piso de ese gran edificio todavía se podía respirar aire limpio.  Había notado que las mujeres que estaban a su lado despertaban, como las tenía amordazadas y amaradas a las camas pues solo se oía cuando empezaban a gritar, luego duraban exactamente treinta minutos normales y luego el olor a excremento, luego se convertían en seres repulsivos y violentos, a las cuales tenía que matar o se convertiría todo en un batidero de vómito negro y podía ser peligroso si alguna de ellas se soltaba.  La situación con la chica anterior lo tenía sin cuidado, había encontrado bastante placentero copular con cuerpos inanimados y ahora las ataba a la cama por si volvía a suceder lo mismo no tendría que golpear a nadie.
Entraba y salía de esa calidez, le enloquecía hacerlo con Marlene, otra de sus compañeras, alta, esbelta, de pequeños senos con aureolas rosas.
---Te gusta, que rico sientes ¿verdad?---jadeaba Tenorio, inflamado de deseo, mientras tomaba ese cuerpo inanimado. Se detenía para observar su desnudez, el poco vello que recubría todo su cuerpo y sonreía de placer. Ese día se sentía romántico, había veces que le gustaba golpearlas, en el trasero hasta dejarlo enrojecido o jalar el cabello hasta arrancar algunos mechones. Al fin y al cabo no sentían nada y él encontraba el placer de usar su fuerza en esos bultos eróticos.
Volteó el cuerpo de Marlene y observó ese trasero redondo, después de realizar toda clase de perversiones empezó a notar un aroma dulzón, ligeramente descompuesto.
Estaba encima de ella y no quería parar, se cubrió la cara con un trapo y siguió penetrándola, de pronto ella despertó. Estaba amordazada y atada de brazos y piernas. Tenorio la golpeó una vez haciéndole saber que no pararía, Marlene, forcejeaba en vano, no tenía fuerzas así que después de un rato el cansancio la derrotaría, rogó interiormente porque todo ello terminara rápido. Tenorio posesionado, haría cosas impensables con Marlene despierta. Ella terminaría perdiendo el conocimiento, pero llegó un momento en que el olor dulzón se convirtió en olor en excremento. Siguió martirizándola ignoto de su condición hasta que los gritos de Marlene se convirtieron en algo parecido a rugidos, roncos, de ultratumba, de su boca salían espumarajos negros, Tenorio, eyacularía en su interior segundos antes de meterle un balazo en la cabeza. Los ojos de ambos eran color blanco.
---¡Qué carajo!--- dijo dificultosamente y saltar de la cama. ---¡Maldito fenómeno!---respiraba trabajosamente. –Tendré  que irme de nuevo, esto ya no es divertido.



Cuando Elsa despertó, gritó de terror, el cuerpo del Dr. Krauss seguía encima de ella, pero ahora estaba inerte, se pudo zafar rápidamente e ir al baño, sentía muchas nauseas, el vómito negro estaba en sus ropas y todavía estaba confundida y desvalida. Al asomarse a las calles vería gente caminando,  algunos con el vómito negro en las camisas, otros corriendo despavoridos. Eventualmente todos los que despertaban se convertían en seres agresivos. Llena de pavor, atrancaría puertas y ventanas, viviría en el hospital y después de dos semanas, sobrevivirían solo algunas personas, a las cuales mantenía atadas a las camillas, mantenía a los pacientes aislados, en cuartos con llave y eventualmente medía sus signos, cambiaba el suero, les inyectaba antibióticos. Notó que al despertar, los pacientes experimentaban treinta minutos de lucidez, luego, era mejor correr. Se tornarían agresivos y ultra violentos. Algunas veces les concedía la eutanasia, era demasiado ver la transformación de seres humanos a esas “cosas”, nadie merecía una muerte como tal.
Su último paciente, Marco aún dormía, estaba en los huesos, lleno de llagas producidas por la salinidad del sudor que corroía la piel. Estuvo pendiente al momento de que Marco despertara y tardó dos días. Sus primeras palabras la hicieron llorar.
--Te ves más hermosa que nunca—intentó levantar un brazo para acariciar su cara, pero debilitado, su brazo sólo se levantó unos centímetros.
--No sé qué pasó pero estuve soñando contigo, corríamos entre bosques, nadamos en mares, nos besamos a la luz de la luna--- dijo con voz débil.
Elsa trató de resumir lo que había pasado en unas cuantas líneas. Sabía que tenía el tiempo contado. Pronto el olor dulzón molestaría su olfato. Era hora de darle a Marco un poco de paz,  besó sus labios agrietados, como los de un errante deshidratado, las lágrimas de Elsa refrescaban su rostro. –Te amo- pronunció Marco con voz cavernosa.—Yo te amo también dijo Elsa--- convulsionada por el dolor. La aguja entraría en el minúsculo tubo que se conectaba por un extremo al suero y  terminaba en las arterias de Marco, donde la sangre se tornaría negra y si no se apresuraba efervescería por sus ojos, nariz y boca. –Te amo como nunca amaré a nadie---dijo Marco antes de desvanecerse en la eternidad.
Elsa no pudo más que desear una muerte rápida para ella también. Tenía en su mano los potentes somníferos con los que dormían a los perros en experimentación, sabía que si los tomaba y ponía una bolsa en su cabeza eventualmente su corazón dejaría de latir, sin dolor, sin miedo.
Los próximos días serían un infierno viviente y si quería seguir viva tendría que reunir todas las fuerzas posibles. Tenía la esperanza de encontrar a otro ser vivo. Sabía en su interior que había alguien más.
En ese momento oiría disparos y gritos. Observaría a Tenorio disparando a los seres que se arremolinaban a su alrededor. Corrió entonces a la salida, no sin antes evadir seres que le arrojaban ese vómito negro.
Le hizo señas y Tenorio logró verla, le dijo que bajara con ella que utilizara la manguera de incendios.
Elsa así lo hizo pero tenía que correr por el laboratorio para llegar a la sala de espera donde estaba la manguera. Al pasar por el laboratorio, observaría a “Fríjol” y a “Maíz”, se había olvidado completamente de ellos,  estaban despiertos, gemían. Elsa cargó a “Maíz” y lo llevó con ella a la sala de espera, podría huir con Tenorio y con el perro sin cáncer y totalmente despierto, podría enmendar su error, erradicando el cáncer.  Tomó la manguera y bajó con el perro, cuando se acercó a Tenorio, él percibiría el hedor a excremento de perro que Elsa pisaría accidentalmente, para él sería señal de que estaba infectada.
---¡Oh mierda! ¡Muere basura!---dispararía directo a la cabeza de Elsa.
“Maíz” caería al piso emitiendo un gemido, Tenorio, en un acto de bondad inusitada levantaría al perro, hasta su rostro.
---Vamos amiguito, no tienes nada de qué preocuparte---

La mirada del cadáver de Elsa se perdía en el infinito.