sábado, 9 de agosto de 2014

Un hogar sin paredes

Un hogar sin paredes


La camioneta de Pedro deja una estela de polvo a su paso por el camino que lleva al pueblo. En la radio se escuchan fragmentos de una canción desconocida y la estática viene y va. Pedro tiene demasiadas ideas. Necesita despejarse un momento. Se orilla y apaga el auto. Desciende del vehículo y echa un vistazo. Para donde se mire, el color verde impera. Entonces lo asaltan recuerdos de su vida pasada. Cuando vivía su padre y casi lo escucha decir:
- Hijo, aquí se cultiva la leyenda, crece la confianza, se comparte la seguridad.
Ahora, tiempo después, sabe que cada hombre escala su propia montaña, conquista su tierra y se llena de satisfacción realizando sus propias hazañas.

Pedro mira al horizonte como si algo le debiera y apurando el paso, asciende a su camioneta. Su familia lo espera, su mujer, Malena debe de estar cocinando, Celso en cambio, libre de preocupaciones se entiende con una rana que encontró por ahí. Al ver a su padre corre y lo abraza.
-     ¡Encontré una ranita!- le dice el niño emocionado- ¿Me la puedo quedar?
Pedro sonríe.
-     Pero claro, solo que a ver si no salta y se esconde y... Celso estalla en risas al sentir las manos de su padre haciéndole cosquillas. Luego lo carga, lo besa y entra a la casa donde su mujer prepara la cena.
-     ¡Mira lo que traes chamaco! Ya te he dicho que no andes ahí en la hierba porque salen bóviras y arañas que te pueden comer vivo – le dice mientras pica jitomate y cebolla, un sartén humea en la estufa.
Celso voltea a ver a su papá, ahora serio le pregunta.
- ¿Verdad que no?
Pedro sacude la cabeza dándole la razón al niño en silencio.
-     Eso huele muy bien – le dice a su mujer.
-     Ya casi está la cena, mejor váyanse a lavar las manos- contesta ella.

Afuera, incontables estrellas anuncian una bella noche, el viento sopla mientras los árboles se estremecen.
Ya sentados en la mesa, Malena sirve de cenar, se sienta y todos rezan en silencio, con las manos juntas.
-     Oye pá, ¿Puedo ir contigo mañana? – pregunta Celso con la boca llena.
  Pedro apura a masticar el bocado.
-     No puedo mañana campeón – le dice alborotando el cabello de Celso – Mañana voy a estar ocupado, vienen de la ciudad unos señores a hablar con nosotros. Mañana no vengo a comer, nos veríamos hasta la noche, flaquita.
-     Suerte Pedro, a ver si ahora si avanzan algo – le contesta Malena.

Todos preparados para dormir; Celso acostado en su cama, con la ranita en el abdomen, Malena preparando la cama y Pedro leyendo unas hojas sueltas.
Afuera empezaron a caer primero unas cuantas gotas de agua aisladas, luego una ligera tempestad sucedió subiendo de intensidad poco a poco.
Celso se asomó a la ventana llamando su atención el sonido de la lluvia torrencial. De pronto, a unos veinte metros de donde está la casa, un árbol, de mediana estatura, comenzó a moverse, primero unos centímetros luego un par de metros hasta quedar estático de nuevo.
El evento hizo que Celso corriera a buscar a sus papás.
-     ¡Má! ¡Un árbol! – apurado le decía para que la acompañara- ¡Está caminando!
-     ¿Quién está caminando? – preguntó Malena.
-     ¡El árbol! – le dice Celso.
-     A ver, vamos – dice Malena extrañada y al parecer le dio curiosidad concluyendo que la lluvia daría a miedo a Celso o algo por el estilo.

Por la ventana, la lluvia distorsionaba la imagen del árbol que se dibujaba difusa, no se movía a lo que Malena dijo:
-     ¿Cuál, Celso? ¡Ay chamaco! Mejor ya vete a dormir.
Celso metió la ranita en una caja y se metió en la cama, Malena lo cubrió con las cobijas y le dio un beso. Le hizo la señal de la cruz y el niño cerró los ojos complacido.

La mañana siguiente nace embebida de agua de lluvia, de aire fresco y limpio, de olor a hierba mojada.
Pedro se sube a su camioneta, se escucha el ruido de motor y luego avanza. Apenas está amaneciendo. El árbol que había visto Celso moverse la noche anterior, brillaba por un efecto que los primeros rayos de sol refractaban en las gotas de lluvia.
Esta vez Pedro llega y se encuentra a todos los campesinos ya esperándolo. Hace frío, se puede ver el vapor saliendo de las bocas de todos cuando hablan o cuando respiran.
-     Buenos días a todos – dice Pedro imprimiéndole un leve ímpetu a su tono de voz.
Los campesinos murmuran regresando el saludo.
-     Buenos días, Pedro – es Rutilio, uno de los amigos y compañeros de trabajo de Pedro, quien le dobla la edad y fue buen amigo su padre.
Hay una cierta tensión en el aire que Pedro trata de disipar.
-     Me da gusto que estén todos, las cosas están por resolverse.
 - Bueno, estábamos platicando y la mera verdá que nos preocupa esta situación – dice Rutilio en plan conciliador aunque es aparente su molestia.
       -  Sí, se han atrasado los pagos, pensé que estábamos de acuerdo en esperar un poco más. Aparte no podemos abandonar la cosecha ahora que vamos por la mitad – contesta Pedro tratando de ser convincente.
       -  No pus sí pero se está corriendo el rumor de que no hay compradores y francamente eso sí que quita el sueño- dice Rutilio.
-     Pues no podemos hacer nada más que esperar, ahora les pido que esperemos una semana más – dice Pedro, mirando fijamente a Rutilio-. Vamos a esperar una semana más.
Rutilio baja la cabeza y la mueve con ligera desaprobación.
-     Bueno pues ya oyeron así que a darle que hay mole de olla.

Mientras, en su casa la tranquilidad es absoluta, sólo se oyen los cantos de algunas aves y el rumor de agua corriendo.
Las constantes lluvias se han concentrado, formando pequeños riachuelos, que en su devenir descubren las raíces de los árboles.
Malena lava y talla ropa en el lavadero; trae un paliacate y un delantal. Celso está en la escuela.

-     A ver niños… ¿Cómo les fue ayer? ¿Qué hicieron? – dice la maestra
Varios niños levantan la mano para hablar, la maestra los señala y uno por uno contestan.
-     ¡Yo atrapé una gallina!
-     ¡Yo anduve en bicicleta por todos lados!
-     ¡Yo junté flores!
-     ¡Yo vi caminar a un árbol!
La maestra volteó a ver Celso:
-     Los árboles no pueden caminar, porque no tienen pies – dice la maestra pacientemente -. ¿Quién le dice porque no pueden caminar los árboles?
Se escucha un “¡Yo, yo, yo!” general.
-     Ya sé que no tienen pies maestra pero yo lo vi clarito – dice Celso.
-     Pues necesitas lentes – dice alguien.
Todos se ríen y la maestra dice:
-     No, no, a ver niños – mientras dibuja un árbol en el pizarrón -. Los árboles tienen unas cosas que se llaman R-A-Í-C-E-S y son muy profundas ya que por ahí comen los árboles absorbiendo los minerales y el agua de la                   tierra. Celso, los árboles no caminan – concluye – a ver, saquen su libro de Ciencias Naturales en la página que nos quedamos.
Se escucha una exclamación de queja general de los niños.
-     Las monocotiledóneas y las dicotiledóneas son la forma como se clasifican...
Celso se queda pensativo.

Ahora la lluvia sorprendió a todos en el campo. Malena levanta la ropa que estaba en los lazos que sirven de tendederos y en eso, se suelta la tromba otra vez. Ya dentro de su casa observa meditabundamente por la ventana del cuarto de Celso.
En ese momento la tierra reblandecida por la corriente espontánea y una inusual postura del árbol, le permiten avanzar erguido. Malena corrobora lo que Celso había comentado la noche anterior. El árbol camina.

Llega Celso empapado.
-     Quítate la ropa y no camines que vas a mojar todo – dice Malena envolviéndolo en una toalla frotando su espalda-   Te vas a bañar, ni modo y después de que hagas tu tarea puedes jugar con tu ranita ¡eh!
La tarde transcurre mientras no cesa de llover.

Ya muy entrada la noche llega Pedro. Malena lo estuvo esperando bordando figuras de frutas y al verlo se alegra de que nada le hubiera sucedido.
-     Hola, amor – dice Malena suavemente, mientras lo besa.
-  Se descompuso el tractor otra vez –le dice Pedro desanimado devolviendo el saludo – Rutilio se quedó conmigo para arreglarlo, estoy tan cansado que ni hambre tengo, vamos a dormirnos, negrita.

Malena piensa decirle lo del árbol pero no quiere entretener a Pedro que se ve apaleado por la jornada de hoy. Mañana será muy tarde ya que el árbol llevado por la corriente que ha crecido, encontrará el cauce del río y desaparecerá, junto con la cosecha de ese año.



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